Del 1 al 17 de octubre se lleva a cabo la nueva edición del FestiFreak, el Festival Internacional de Cine Independiente de La Plata, con una programación que hibrida la presencialidad -en los espacios INCAA Cine Select y Cine Eco Select de La Plata, y en la sala del Centro Cultural En Eso Estamos-, y la virtualidad a través de la plataforma Festhome. Parte de su espíritu independiente está puesto en las formas de intervenir la imagen y repensar los estatutos del cine. Destello bravío (Ainhoa Rodríguez; 2021) y One Image, Two Acts (Sanaz Sohrabi, 2020) dan muestras de esa búsqueda.

La ópera prima de Ainhoa Rodríguez, Destello bravío,  se presenta como el retrato de una comunidad rural aislada, al borde de convertirse en un pueblo fantasma, donde las heridas del pasado, el letargo del presente y las inseguridades del futuro se mezclan con el folclore local, la magia y las muchas lunas. Este orden fantástico que se cuela por las rendijas de lo real y cuyo origen se desconoce, presenta una tensión con el plano de lo cotidiano que queda finalmente irresuelta. Otro callejón sin salida lo constituye el retrato de ese pueblo, donde la decadencia no tiene una salida que se vislumbre. Esto es así porque no hay interés de una progresión aristotélica que anhele la resolución ni la expiación, y los sucesos son puestos en un relato que se define en la sola mostración. Se pone en escena una serie de situaciones y conflictos para luego no hacer nada con ellos, y abandonarse al mero espectáculo visual. Los temas que la película pone en pantalla como posibles nudos conflictivos, tales como la opresión de la mujer, el deseo femenino, el matrimonio y la familia como instituciones a cuestionar, la comunidad de ese pueblo al borde de su extinción, todos se agotan en su mera designación.

El tratamiento que Ainhoa decide para mostrarlos es una hibridación entre las formas del documental en su impronta de objetividad y lejanía, con una cámara que no busca, sino que encuentra, diálogos que se pisan entre los hablantes y actores no profesionales, y un registro marcadamente ficcional, donde diálogos poéticos se definen a sí mismos como constructos, mientras que los encuadres se muestran trabajados para fragmentar el espacio e incluso poner en jaque la capacidad de mostrar de un plano. Reiteradas veces los encuadres rompen el espacio o muestran algo que no es el centro álgido del interés de la narración. Por ejemplo, en una escena donde una mujer habla de espaldas sobre su niñez temiendo al padre, para luego reflejarse en una superficie y  estallar en mil pedazos al tiempo que se superponen planos sonoros. Asimismo, muchos de los objetos en plano suenan con un volumen inversamente proporcional a su cercanía. De esta forma, el aspecto onírico no está dado únicamente desde los elementos mágicos que irrumpen en la cotidianidad del mundo retratado, sino también en la ruptura del orden establecido en términos formales de la narración clásica.

Por su parte, One Image, Two Acts (Una imagen, dos actos), de la iraní Sanaz Sohrabi, tiene por objeto el trabajo sobre la doble funcionalidad de la imagen: la de mostrar y la de ocultar. El tema del petróleo y las colonias que Gran Bretaña explotó en Oriente Medio funciona como puntapié para que la directora trabaje sobre el estatuto de la imagen. Imágenes cortadas, rotas, volátiles, indescifrables, donde lo que se cuestiona es el problema de la imagen como archivo, la posibilidad de entender, en la complejidad polifónica, polivalente, el testimonio de una fotografía, de un dibujo, de una tumba. La voz llega a recomponer lo que puede de la información  que brindan las fotos. Fotos que además se constituyen en imágenes intervenidas. Y es así que, en esa lectura que propone la directora, ante la interpretación de los archivos se antepone un cauteloso “tal vez”. A eso se debe el recurrente uso metafórico de las imágenes como cortina, como  antesala, como punto de partida de esa búsqueda de la verdad, donde, además el movimiento le da vida a esa foto fija, la reanima trayéndola al presente para ser estudiada. Porque en esa historia se estudia también a sí misma, a través de las fotos de su abuelo, de los relatos de su padre. De ese archivo, de esas imágenes depende la reconstrucción de la historia propia, de una búsqueda propia y familiar.

Pero Sohrabi no se limita a poner de manifiesto lo inefable de la imagen, sino que desvela, asimismo, su poder, al contar cómo “la compañía petrolera también mantuvo un monopolio basado en la imagen a través de la fotografía y el cine para sostener su narrativa homogénea de prosperidad y petromodernidad en las tierras que había ocupado.” La imagen del petróleo era simbólicamente tan importante como lo era su materialidad combustible. Se alienaba a la población sobre los beneficios de las petroleras mostrando “los avances y la prosperidad”, mientras el trabajo forzado quedó como fondo invisible de esa petromodernidad. Denuncia así a la fotografía como elemento de  control que posibilitó la transformación sistemática de los cuerpos en sujetos sociales  y la forma en que lograron “convertir a los trabajadores en números indexados y cuerpos desechables.”. Se pone en crisis la fiabilidad de la imagen porque finalmente es susceptible de ser herramienta disciplinadora de miradas. Y en esto también deja en jaque al cine como institución, como maquinaria alienadora, al exponer los documentales etnográficos producidos por Gran Bretaña, donde la imagen de las operaciones de la petrolera se llevó a las pantallas de los cines y festivales de Europa. Así Sohrabi demuestra cómo se usufructúa la imagen, cómo circula la imagen como forma de espectáculo que aumenta la opacidad de la situación en medio oriente y cómo, de la misma manera, se replica una imagen de medio oriente que cumpla con lo que los europeos esperan.

One Image, Two Acts denuncia la explotación colonialista del imperio británico, pero no sin dejar en claro que la directora está consciente de la forma en que el cine funciona como elemento de la ideología y de la explotación porque su materia, que es la imagen, es tan polivalente como maleable y corrompible.

Destello bravío (España, 2021). Guion y dirección: Ainhoa Rodríguez. Fotografía: Willy Jáuregui.Edición: José Luis Picado. Elenco: Isabel María Mendoza, Carmen Valverde, Guadalupe Gutiérrez.Duración: 98 minutos.

One Image, Two Acts (Alemania/Canadá/EUA/ Irán, 2020). Guion y dirección: Sanaz Sohrabi. Fotografía: Sanaz Sohrabi. Edición: Sanaz Sohrabi. Duración: 44 minutos.


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