Fui a ver la nueva Spider-man, varias semanas después de su estreno, levemente ahuyentado por las vacaciones de invierno pero también, hay que decirlo, bastante poco motivado. No solo me están empezando a resultar algo cansadoras las películas de Marvel, sino que la velocidad con la que se han dedicado a reiniciar la historia de este personaje en particular roza lo ridículo y resulta, por lo menos, desorientador.

Con todo, Spider-man: De regreso a casa me resultó bastante mejor de lo que esperaba: no había (¡otra vez!) una historia de origen, los chistes mal que mal funcionan, el pibe se la banca bastante y la cosa casi no se empantana. Hay, también, una cierta modestia (o una escala no cósmica, lo cual para Marvel viene a ser prácticamente lo mismo) que resulta refrescante a estas alturas del partido. Bien por el nuevo Hombre Araña.

Hacia el final de la película, cuando empiezan a cerrar las múltiples codas, en un momento Tony Stark define al personaje de Peter Parker como una “onda Springsteen, de clase trabajadora”, definición simpática pero que me descolocó bastante, aunque en el momento no supe bien por qué. ¿Un superhéroe de la clase trabajadora?

Probablemente eso sea lo más simpático de De regreso a casa: es una película de “barrio”, el malo es un laburante con complejo de clase, al héroe las cosas le salen más mal que bien, hay un cierto movimiento humano y de relaciones con los que uno puede identificarse. En Marvel en general las cosas son graves (más allá de la pátina lustrosa de humor y cancherismo) y a cada vuelta de una metida de pata el universo, tal como lo conocemos, entra en peligro de extinción. En Spider-man, no. El malo es un chorro de suburbio, Parker vive en Queens y mira cómo las cosas importantes pasan a lo lejos. No está mal.

Lo que más me llamó la atención, comprendí después, fue la necesidad de esta multiempresa multinacional multimillonaria (curiosa experiencia ver en la lista de créditos finales la diversidad de nacionalidades que se adivinan detrás de cada apellido, un equipo realmente global) de crear (a través de efectos digitales carísimos y corporativos) algo que se podría definir como un personaje “de clase trabajadora”. En cine, claro, el origen de una producción no define necesariamente a sus personajes o, siquiera, a su público: un espectador “de clase trabajadora” probablemente se sienta más identificado (y tal vez esté mejor representado) con un tanque global que con una película “realista” de bajo presupuesto. Aun así, la estrategia es curiosa. En las películas que Marvel viene produciendo para cine lo que vemos en pantalla es, claramente, un desfile de dioses y semidioses aggiornados y pseudoexplicados, sin mística pero con magia, modernos pero a la vez conectados con mundos y entidades superiores. Es un panteón. Y en ese panteón se cuela (más bien, es colocado muy estratégicamente) un pibito de barrio.

Tiene su lógica. Esa cosa que al parecer llaman Universo Marvel es un engendro nuevo (aunque, tengo entendido, proviene directamente de la historieta) en el cual una película ya no es simplemente una película. Una película es parte de un todo. No se trata únicamente de las famosas secuelas, en las que los nuevos sucesos se encadenan con los anteriores. Acá las cosas se cruzan. Una película roza la otra. Las tramas se entretejen. Los hilos se lanzan hacia el futuro con una estrategia ya planificada en lustros. El Universo Marvel se extiende como una delgada capa de papel glasé sobre nuestro mundo: tiene coherencia y existe a nuestra par. Dentro de las películas transcurre la misma cantidad de años que acá afuera. Los personajes miran desde una escena las consecuencias de lo que pasó en otra escena de una película con la que no se toca. Todo tiene que ver con todo porque el Universo Marvel tiene, sobre todo, coherencia. No se trata de que Marvel nos ofrezca dos o tres películas por año: en realidad está tramando un único novelón épico en entregas. Dentro de ese novelón/universo hay también, ¿por qué no?, una clase trabajadora. No solo de dioses están hechos los mitos.

El problema es que en lugar de expandirse de forma infinita hacia lo inesperado, el Universo Marvel está rigurosamente atado al modelo de narración clásica: todo lo que vemos en pantalla está puesto por una razón, significa algo y tiene consecuencias muy precisas. La trama que se va tejiendo es amplia y es compleja, pero nunca puede ser inexplicable. Es por eso que no faltan sus exégetas: todo se puede glosar en este pequeño universo, solo es cuestión de poseer el conocimiento. Conocimiento, esa herramienta tan aburrida.

Las consecuencias de este elaborado plan no tienen precedentes en la historia del cine, ha producido millones y los seguirá produciendo. Produce, también, hordas de espectadores que, sin que puedan recordar cómo, quedan encadenados a esta cadena de producción de sentido: no importa tanto que la nueva película Marvel sea buena (aunque en general su promedio roza lo decente) sino que resulta indispensable para enterarse de lo que va pasando y entender lo que va a pasar. El cine se expande y las estrategias se multiplican.

El problema es que sin la vastedad de un universo vital (ese que se encuentra del otro lado del cine, el que va quedando tapado por lo digital, ya definitivamente protagonista), la estrategia se va volviendo marmórea. Sin la sorpresa de lo que escapa a nuestro control, pero con el rigor de las leyes inefables, el Universo Marvel tiene todo el tedio de la vida, pero nada de su misterio.

 

Acá pueden leer un texto de Ignacio Izaguirre sobre la misma película

Spider-man: De regreso a casa (Spider-Man: Homecoming, EUA, 2017), de Jon Watts, c/Tom Holland, Michael Keaton, Robert Downey Jr., Marisa Tomei, Jon Favreau, 133′.


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