florence_foster_jenkins_ver3Bailan y bailan las notas que la cantante debe interpretar: algunas lentas y pausadas, otras más rápidas y furiosas. Florence Foster Jenkins (Meryl Streep) no puede seguirle los pasos ni a estas ni a aquellas. Hay una batalla entre su oído y su garganta que deja un claro perdedor: la música.

Así se nos presenta a la protagonista: como una parodia que se toma en serio.

Ese primer tramo de la película, donde presenciamos sus clases de canto, breves ensayos y actuaciones con un público adecuadamente elegido, nos hacen reír mucho. Tanto, que llegamos a la carcajada (y más tarde volveremos sobre estas risas).

A la cantante se sumará el pianista Cosme McMoon (Simon Helberg, el extraordinario Howard Wolowitz de Big Bang Theory y, desde ya, candidatazo de fierro para «hacer» de Woody Allen en alguna futura película). La visión y reacción inicial de Cosme es exactamente la misma que la de nosotros: una tentación burlona donde se mezclan el desconcierto y la perplejidad.

Este esforzado andamiaje artístico lo carga sobre sus espaldas el marido de Florence, St Clair Bayfield (Hugh Grant). Y ya que estoy, aprovecho para decir algunas cosas sobre Hugh Grant que tenía ganas de decir desde hace bastante. Si hay alguna persona que todavía duda de él, no tiene más que ver Florence y comprobar lo que es ser un gran actor de cine. Ese comienzo que «parece» una comedia nos muestra el personaje que compone probada y usualmente bien: el tipo simpático, mundano, poco apegado al trabajo y, tal vez, un poco chanta.

Algunas de sus decisiones y actitudes hacia la labor artística de Florence así parecen mostrarlo: desde la rigurosa selección de los concurrentes, pasando por intentar sobornar a un crítico musical que sabe que no tendrá piedad con su estruendosa esposa hasta, finalmente, comprar todos los periódicos que contienen esa crítica que sabe lapidaria.

Todo esto parece espurio, pero no lo es. Por lo menos, no lo es en el sentido estricto de la palabra. Lo que está intentando hacer es preservar la pureza espiritual de Florence (la pureza física ya no es posible, y la película «parece» una comedia hasta que el primer médico la revisa y Florence cuenta con una rabia viva y latente qué enfermedad sufrió, y cómo y cuando la contrajo). Sostener casi a  cualquier precio la ilusión de esa niña grande que es Florence. Y en ese rol de equilibrista entre lo cómico y lo trágico, en ese tono que Stephen Frears maneja muy pero muy bien en varias de sus  películas, Grant está magistral.

Florence finalmente ha logrado cantar en el Carnegie Hall aunque el precio de esa actuación y sus derivaciones serán devastadores para su ya frágil salud.

En el final de la película, desde el descubrimiento de la nota del Post hasta los créditos, todas esas lágrimas de risa del comienzo se convirtieron en lágrimas de tristeza y de angustia. Florence dice, en sus últimas: «la gente puede decir que no sé cantar pero nadie podrá decir nunca que no canté» (y no puedo negar que con las lágrimas del final me sentí un poco infame por las risas del principio). Esa angustia es universal y común a todo aquel que se le arrima al arte. Porque, al fin y al cabo, todo el que se enfrenta a una hoja o pantalla en blanco tiene la triste certeza de que no escribirá Crimen y castigo. Más pedestre aún, todos los que todavía nos ponemos pantaloncitos cortos y entramos a una cancha quisiéramos ser como ese artista incomparable que dejó a seis ingleses girando como trompos.

Florence (Florence Foster Jenkins, Reino Unido, 2016), de Stephen Frears, c/Meryl Streep, Rebecca Ferguson, Hugh Grant, Simon Helberg, 110′.


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