En busca de usufructuar la buena recepción que tuvo Pixar con Coco (Adrián Molina, Lee Unkrich, 2017), Disney apuesta por una amalgama de lugares comunes para lograr el efecto lacrimógeno, apuntalando constantemente las costillas del espectador con la línea simplona sobre la que gira el argumento, en una trama que versa sobre los descastados, la expulsión del Paraíso y el sacrificio redentor.

En esa confusión poco feliz entre emoción y llanto, entre sentimiento afectado y lágrima de cocodrilo, se apuesta al ideal de familia como cimiento constitutivo de esa latinidad. Una latinidad en forma de “sudamericanismo”: la mirada del norte entiende a sus coplanetarios como una amalgama de características conjuntas, sin discernir siquiera someramente entre las diferentes culturas. Si Coco estaba arraigado en la cultura mexicana, Encanto funciona como un ideal yanqui de lo que es Sudamérica. Una Sudamérica profunda, ligada a la magia, al misticismo y a la selva.Un espacio, además, cuyo tiempo no llega a definirse pero que se representa alejado de la modernidad.

Tal es la mirada que tiene Disney sobre lo latino, y sobre ella se construye el resto. De ahí el ahínco por poner en relieve ritmos urbanos, salsa, bachata, dar protagonismo a animales y flores, y poner en primeros planos el diseño de las telas en la vestimenta, etc., pero debajo de ese disfraz de interés casi etnográfico no hay una estructura que sustente la respuesta que se busca en el espectador.

Si en Coco la matriarca significaba la imposibilidad de cumplir el propio destino, en Encanto lo exige, dejando por fuera a quien no comulgue con los demás para hacer cumplir el milagro. Un milagro, además, que si bien está inscripto forzosamente en un contexto mágico, selvático, precolonial, está trazado por sobre las bases de la fe judeocristiana. Más concretamente en la del Hanukkah, donde la llama de las velas es luz divina (aquí mágica, desligando toda posibilidad de deidad «pagana»), que ayuda a sobrevivir la tragedia y la persecución. Es curioso, además, que esa persecución no solo no queda clara, sino que no hay atisbo del lugar desde el que ejerce su violencia (¿Quiénes perseguían a los pueblerinos? ¿Quiénes asolaron sus casas? ¿Quiénes son los asesinos? ¿Ladrones? ¿Malhechores? ¿Algún «típico Estado latino y sus formas dictatoriales» para la mirada del norte?). Algo que también se pudo observar, por ejemplo, en Kung Fu Panda 2 (Jennifer Yuh, 2011), dónde, a pesar de narrar una historia inscripta en el universo chino y algunas de sus creencias, la trama es atravesada por el mito de Moisés (Po, destinado a ser el salvador de su pueblo, es enviado por sus padres en una canasta a navegar por el río para evitar su muerte a manos de los pavorreales que gobernaban la tierra donde habitaban los pandas). Sin embargo, en la película producida por DreamWorks la progresión funcionaba gracias a la simpatía de los personajes y el sentido del humor. En Encanto, esa liviandad al denominar y caracterizar enemigos, que no termina de ser inocente, hace que la trama se vuelva laxa. Se plantea un conflicto que no es lo suficientemente fuerte como para guiar el interés del espectador y mantenerlo aferrado a lo largo de la trama. En ningún momento se pone en jaque para el espectador la posibilidad de que la película llegue a los lugares que llega y lo peor es que cuando arriba allí, se encarga de sobre explicar los sentimientos de los personajes y sobreexigir la respuesta compungida del espectador. Esa bajada de línea conmovedora, que queda en claro desde el comienzo y se remarcó durante toda la película, se reafirma en la escena final, por si acaso el espectador quedaba dubitativo.

El argumento queda relegado a un segundo plano y el interés es puesto en el aspecto espectacular propiamente dicho, en los colores vibrantes y las canciones. Sin embargo, las canciones no terminan de ser lo suficientemente pegadizas para lograr el disfrute musical. Canciones que varias veces terminan funcionando como explicación de un mundo interno de los personajes que los realizadores eligieron contar de tan perezosa manera, haciendo uso de mucha magia y poco encanto.

Calificación: 2/10

Encanto (EUA; 2021). Guion y dirección: Jared Bush; Byron Howard; Charise Castro Smith. Fotografía: Alessandro Jacomini; Daniel Rice; Nathan Warner. Edición: Jeremy Milton. Elenco: Stephanie Beatriz (voz); María Cecilia Botero (voz); John Leguizamo (voz). Duración: 102 minutos.


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