rbk-dick-van-dyke-show-deEn los ’60 había una serie estadounidense de la que mi papá guardaba un gran recuerdo: El show de Dick Van Dyke. Divertida como pocas por aquel entonces y pionera de las sitcom (comedia de situaciones), contaba las desventuras de un escritor de televisión, Robert Petrie (el mismísimo Dick) en su rutina de dar vida a “El show de Alan Brady”. Cine dentro del cine, dirían algunos, o televisión dentro de la televisión, aclararían otros, lo cierto es que la vida de Robert no era solo escribir un guión televisivo y lidiar con su despótico jefe sino que tenía como esposa a la simpática Mary Tyler Moore, un par de vecinos bastante aparatos y unos compañeros de trabajo estrambóticos y disparatados que daban cuerpo a un relato plagado de situaciones ágiles y diálogos ingeniosos. El show de Dick Van Dyke fue tan exitoso que la CBS lo sacó del aire sin que su audiencia hubiera decaído. Mi papá recordaba esperar para verlo religiosamente una vez por semana (los viernes a las 20.30 por el viejo Canal 13) como una especie de droga apta para todo público.

Por aquellos años la comedia cinematográfica se había estancado, en parte porque el cine estadounidense se encontraba chapoteando en el pantano. Estaban las comedias de alcoba de Doris Day y Rock Hudson que salían de las huestes de la exultante Universal renacida, y las primeras apariciones de los delirios anárquicos de Jerry Lewis, sin embargo la sensación de que el cine clásico había dado las hurras era evidente. Los cines europeos mostraban madurez y audacia, y en EE.UU. aún intentaban capturar a un público que cambiaba al ritmo del naciente ‘flower power’ y la cultura hippie. En El show de Dick Van Dyke el tiempo se había detenido: era el refugio de las viejas generaciones y el alimento de los que todavía tenían que crecer, un interludio ameno y acogedor para la nostalgia. La gracia estaba en la plasticidad de Van Dyke, su histrionismo y su cara de bonachón, sumados a los aceitados guiones de un equipo en el que destacaba Carl Reiner, quien, además de tener un hijo llamado Rob, dirigía la serie.

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Carl Reiner

Carl Reiner no solo fue el padre de Rob sino de toda una generación que salió de la televisión de los 70 e ingresó al cine en los 80. Ahí estaban Gary y Penny Marshall, Ron Howard, el hoy protagonista de edulcorados o aireados obituarios, Robin Williams, y el alumno predilecto de la primera Saturday Night Live, Billy Crystal. Rob Reiner, además de casarse con Penny Marshall y hacerse famoso como “Meathead” (bruto en slang) en Todo en familia, una serie exitosísima de los 70, llegó al cine como símbolo de una camada que se proponía restaurar aquello que una vez se había hundido. Si el “Nuevo Hollywood” había derribado algunas barreras y tabúes que los estadounidenses creían infranqueables, la evolución posterior de productores más que directores como Spielberg y Lucas vino a confirmar que los Estudios cerraban filas y el relato era lo primero a salvar. Basta de películas en las que no pasaba nada, de remedos de Blow up all’americana donde el conflicto era intrascendente y el guión parecía salido de una pesadilla psicodélica de Jack Nicholson. Los delirios narcóticos como The Last Movie de Dennis Hopper o las empresas megalómanas como Las puertas del cielo de Michael Cimino habían llamado la atención sobre los límites del riesgo: todo bien con los ‘auteurs’ pero en Hollywood hay que hacer dinero.

La llegada de Reiner al cine vino a confirmar que el público disfrutaba de los cuentos de hadas como La princesa prometida, del nostálgico ‘coming of age’ como Cuenta conmigo, o de la parodia de los caprichos rockeros como This is Spinal Tap, y que la industria abría el camino a los nuevos adultos-adolescentes que daban algunos empujoncitos a sus mayores para correrlos de la silla pero que no estaban dispuestos a echarlos a patadas. Atrás habían quedado las irascibles gestas de productores como Bob Evans en la Paramount (El bebé de Rosemary, El Padrino) o Bert Schneider en la BBB Productions (Busco mi destino, La última película), que se hundieron en el consumo de drogas y los malos negocios, poniendo en claro que el mundo del cine era de los prolijitos que venían a hacer cuentas y de los pelilargos de buena familia mientras que los exabruptos iconoclastas ya no tenían lugar en el ruedo. Los éxitos de Tiburón y La guerra de las galaxias habían marcado el camino y EE.UU. quería sentirse de nuevo la joven nación que no estaba dispuesta a envejecer.

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This Is Spinal Tap (1984)

La comedia en la era Reagan nos hizo descubrir que la neurosis del mundo que se avecinaba era el principal obstáculo para cualquier relación posible. “Que sí, que no, que te quiero, que no te quiero, que no te entiendo, que no me entiendo a mí mismo, en fin, que no sé lo que quiero”. Ese constante dilema parecía ser la principal angustia del Alvy Singer de Woody Allen en Annie Hall y esa pelea incesante con los propios fantasmas, con las exigencias sociales, con el enigma del futuro, era el eje de un género que se hacía moderno a fuerza de recuperar lo clásico. En la ‘screwball comedy’ de los años 30 los dimes y diretes de un matrimonio se exponían en diálogos afilados y situaciones vertiginosas, donde la madurez sexual estaba implícita y el doble sentido estimulado por la censura era el condimento más apetitoso de esa vida en pareja vivida como una aventura;  en la nueva comedia de los 80, hombres y mujeres adultos se resistían a la madurez arañando los últimos retazos de juventud con el humor como arma más eficaz. La negación a enfrentar las responsabilidades de la adultez (en la que el tópico del individualismo aparecía reforzado por la crisis de todo el entramado de contención que hasta entonces había representado la figura del Estado) aparecía en el Tom Hanks de Nada en común (Gary Marshall, 1986) y Quisiera ser grande (Penny Marshall, 1988), en la Julie Kavner de la no demasiado recordada Esta es mi vida (Nora Ephron, 1992), y, por supuesto, en Billy Crystal y Meg Ryan en la mejor de todas las comedias de esa época: Cuando Harry conoció a Sally (1989).

Harry y Sally se conocen, se odian al principio, luego se reencuentran, y finalmente se hacen amigos para descubrir, después de diez años y cientos de idas y vueltas, que están enamorados. Que en realidad lo estuvieron desde el principio, solo que no se daban cuenta. Reiner en la dirección y Ephron en el guión consiguieron amalgamar en una película toda la tradición de la comedia clásica: el sexo como batalla, la amistad y la complicidad como fundamento necesario del amor , el timing justo en el relato, los diálogos perfectos –el padre de Rob, Carl Reiner, sería quien pronunciara la frase “I’ll have what she’s having” en la escena del restaurant luego del famoso orgasmo fingido de Meg Ryan- , los personajes secundarios inmejorables (el rescate de Carrie –la princesa Leia- Fisher y el genial Bruno Kirby como los amigos que ofrecen la versión ‘sin espinas’ del amor en pareja) y la inolvidable banda sonora. Reiner sentó las bases de la nueva comedia romántica, heredera de la pionera Sucedió aquella noche, pero que asumía todos los cambios que habían ocurrido en el medio: en la película de Capra, Clark Gable y Claudette Colbert aprenden a convivir bajo el mismo techo, a rescindir egoísmos y caprichos, a ser más flexibles y comprensivos con el otro, a compartir saberes –uno de le enseña a mojar la rosquita del desayuno en el café, la otra a mostrar la pierna en lugar del dedo para que los levanten en la ruta-, en fin, descubren las claves de la vida en pareja en un viaje de días; a las criaturas de Reiner les lleva toda una vida.

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Sucedió aquella noche (1934)

Muchos años pasaron desde aquel hito de 1989, muchos recuerdos, muchas películas. La carrera de Reiner tuvo sus grandes momentos (Misery, Cuestión de honor, Mi querido presidente), tuvo experiencias agridulces (Nuestro amor, Dicen por ahí) y también algunos mamarrachos inexplicables (Alex y Emma, Antes de partir). La última Juntos… pero no tanto, estrenada por aquí hace unos días, deja entrever algo de su viejo oficio: buenos personajes secundarios (Frances Sternhagen está impagable), algunas líneas de diálogo muy ingeniosas y su perdurable capacidad de reírse de sí mismo (Reiner interpreta al pianista de Diane Keaton, un simpático looser con peluquín berreta que se la quiere levantar y nunca lo consigue). Ya no tenemos a jóvenes grandes que resisten como último bastión de una tardía adolescencia sino una aguda conciencia de la muerte como horizonte próximo, reflexiones sobre el pasado, lo logrado y lo perdido, las deudas, las desilusiones, la posibilidad de cambiar el rumbo. Fuera de toda solemnidad, el personaje de Michael Douglas es el que mejor funciona: un cabrón mal llevado, ofensivo y manipulador pero querible en el fondo, que no pierde las mañas pero se da cuenta que es mejor ceder antes que llegar a la vejez solo y enojado.

Es cierto que Reiner ya no tiene la mano aceitada en el control del ritmo narrativo, que algunas escenas se dilatan demasiado, que algunos chistes entran a destiempo; sin embargo nunca se trasviste en algo cool y pretensioso. Juntos… pero no tanto no es la comedia de la tercera edad refinada con la pudorosa Maggie Smith, esa con música clásica y gente bien vestida. No, acá Douglas camina a los tumbos por el parque con un traje blanco arrugado, lidiando con sus propios achaques y haciendo chistes un poco negros sobre el cementerio, y Keaton se viste con una pollera acampanada de tiro alto emigrada de los 50, como si a su Annie Hall se la hubiera tragado el fantasma de Yo quiero a Lucy, mientras canta entre lagrimones The Shadow Of Your Smile. La mirada hacia el pasado no es ni glamorosa ni condescendiente, en el fondo sentimos que ellos son una versión mañosa y exagerada de sí mismos, como lo es hoy el mismo Reiner. Ahí están sus aciertos, sus metidas de pata, con la honestidad brutal que expone el paso del tiempo. Hasta tenemos la escena post sexo de huida y reproche a lo Harry y Sally pero con más arrugas. Tal vez porque el cine de Reiner siempre tuvo esa pincelada un poco grasa que muestra la vida del estadounidense medio, con algunas aspiraciones de grandeza pero que termina compartiendo el fondo con los vecinos y la parrilla llena de hamburguesas.

AND SO IT GOES

Juntos… pero no tanto (As So It Goes, EUA, 2014), de Rob Reiner, c/Michael Douglas, Diane Keaton, Sterling Jerins, Annie Parisse, Frances Sternhagen, Austin Lysy, 94′.


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