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La tragedia de Pompeya ha sido una fuente de inspiración para diversas empresas artísticas. Una de las obras más influyentes es la novela de Edward George Bulwer Lytton, Los últimos días de Pompeya. La narración mostraba a un grupo heterogéneo de personajes (patricios, plebeyos, esclavos, etc.) transcurriendo los últimos días de sus vidas. Así, la historia ingresaba hacia diferentes zonas: el surgimiento del cristianismo y toda su potencia revolucionaria, la decadencia política y ética del imperio romano, el choque entre los distintos estamentos societarios; toda esta serie de cuestiones de índole macropolítica eran tratadas a partir del armado de sutiles tejidos que motivaban una especie de Sturm und Drang desde las historias pequeñas.

Así, se filmaron Los últimos días de Pompeya con la dirección de Carmine Gallone en 1925, otra versión en 1935 de Ernest Schoedsack y la más popular en 1959, de Sergio Leone y Mario Bonnard con la actuación de Steve Reeves.

Este nuevo acercamiento a la tragedia de Pompeya cuenta con la dirección de Paul W. S. Anderson, (mal) conocido por llevar a cabo distintas adaptaciones de videojuegos al cine -como Mortal Kombat, Resident Evil– y Alien vs Predator.

Pompeya propone (en línea similar a lo expuesto en otros filmes) la tibia historia de amor entre Milo (Kit Harington) y Cassia (Emily Browning), desarrollada durante los momentos previos a la erupción del Vesubio. Kit Harington es un gladiador con un fuerte sentido de justicia y serios problemas parentales que debe abrirse paso en el mundo luego de haber sido criado en la adversidad. Kit Harington reproduce el papel del siempre abrazable John Snow (Games of Thrones) ahora con menos ropa y mucho aceite abdominal.

En las antípodas, Kiefer Sutherland protagoniza un Senator Corvus irrisorio e inverosímil que no hace más que sacar a relucir lo pésimo que se resuelven los conflictos en este intento de peplum.

Sabemos que la amenaza del volcán y todo el escenario de catástrofe (rotundamente mal aprovechado por el 3D) problematiza toda institución del mundo agonizante. La devastación desarticula forzosamente la lógica previa que rige la vida ordinaria. Por ello, el esclavo queda liberado, el amor entre clases sociales diferentes resulta admitido y el mal termina sepultado. Sin embargo, en la atracción sobre el filo de la catástrofe está ese distanciamiento casi brechtiano donde se va exponiendo con minuciosidad que las reglas están hechas para ser quebradas. La relación entre lo instituyente/instituido deviene en un orden brutal de supervivencia, ese “sálvese quien pueda” en donde la película ofrece, intentando seguir el patrón habitual del cine de catástrofe, distintas elecciones éticas que tomarán los protagonistas antes del fin.

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Desangelada y sin emoción, Pompeya fracasa por completo. Las decisiones que toman los actores no resultan convincentes, sacrificadas o empáticas desde ningún sentido. No nos conmueve ni en nuestro más puro deseo de destrucción ni satisface nuestro nihilismo acérrimo. La catástrofe no es colosal ni espectacular a nuestros ojos ya que hay un punto de vista en la explotación de la lejanía que sencillamente está retratado con mal timing: o el peligro está demasiado lejos para preocuparse o está demasiado cerca para preocuparse. La voluptuosidad en el apetito de destrucción queda a mitad de camino.

En ese sentido, al no provocarnos inseguridad o temor frente a la hybris de una Naturaleza desencadenada, la película se exime de proveernos una seguridad final que nos resulte tranquilizadora (esquema básico del cine catástrofe).

La conclusión no nos alegra ni nos entristece demasiado ya que a pesar de la mini destrucción contemplada todavía quedan los cimientos que sustentan la civilización y sus valores humanos tradicionales. Como diría Coppola: Love never dies…

Pompeii: La furia del volcán (EUA / Alemania, 2014), de Paul W. S. Anderson, c/ Adewale Akinnuoye Agbaje, Carrie Ane Moss, Emily Browning, Jared Harris, Jessica Lucas, Kiefer Sutherland, Kit Harington, 105’.


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