OLDBOY_800x1236Que Old Boy, de Park Chan-wook, era material para remake saltaba a la vista desde el primer momento. Sin embargo, cuando fui a verla al momento de su estreno no pude evitar pensar cómo manejaría Hollywood ese final. Porque en el transcurrir de los relatos mainstream pueden ocurrir miles de salvajadas, pero el final siempre deberá enmendar esos daños, especialmente si son de índole moral. Y ojo que esto no siempre implica un final feliz. Me acuerdo que la vi en el cine y con todo el escandalete necesario, histeria colectiva generada por algunos medios que repetían los relatos llegados desde los festivales de cine extranjeros, donde parece que los espectadores no son de estómago fuerte. El cuadro se reproducía casi con exactitud acá: las mujeres se tapaban los ojos ante cualquier amenaza de violencia -o sea, durante casi toda la película-, se oían voces que por lo bajo vertían comentarios escandalizados, y hasta un matrimonio mayor abandonó la sala en la escena en la que Oh Dae-su (Choi Min-sik) se come un calamar vivo en un plano sin cortes. Por suerte acá nadie vomitó. Exageraciones o no, nada de esto sucederá con la versión de Spike Lee que, en lugar de una remake, es la ultra corrección política de Old Boy.

Spike Lle presenta a Joe Doucett (Josh Brolin) como un tipo despreciable y condenable, ventajista, borracho y pajero, además de padre ausente. Es, a las claras, un individuo que merece algún tipo de castigo. Oh Dae-su (Choi Min-sik) también era borracho, pero uno infantil y juguetón, aunque un plano antes, y a modo de flashforward, lo hayamos visto transformado en bestia. Su desaparición no implicaba una tentación carnal como la de Doucett sino que, por el contrario, ocurría mientras hablaba por teléfono con su hija. La partición del propio ser que Oh Dae-su atravesaría quedaba establecida así desde el comienzo, aunque ambas partes (niño/animal) equivalieran al retorno hacia un estado primario. Spike Lee, en cambio, condena de entrada a su personaje desde un lugar de superioridad moral, en vez de invitarnos a ponernos de su lado y padecer junto a él su tragedia personal.

daesu2En ambas versiones abundan los comentarios y las intertextualidades de naturaleza política y, aunque no conformen una parte central o directa de ninguno de los relatos, es significativo que la coreana juegue constantemente con la idea de la división, tal como se encuentra dividida la tierra que la contextualiza, en tanto la estadounidense presenta una homogeneidad estéril que sólo busca el triunfo de la ética para garantizar la integridad, tal como lo dicta el sueño americano. Pero también tiene como protagonista a un individuo que encarna el síntoma de un país atacado y paranoico frente a un mundo repleto de enemigos, siendo el interno siempre el peor. Desde los títulos, incluso, quedan plasmadas estas diferencias: mientras que la de Park Chan-wook se tituló Old Boy, el de la de Spike Lee es Oldboy. 

Park Chan-wook no sólo fragmentaba la psique de su personaje en dos partes, también lo hacía con la propia película, que abordaba los dos géneros dramáticos por excelencia: tragedia y comedia, recurriendo a una estética en la que se mixturaba la violencia asiática más extrema con una melancolía afrancesada, todo bajo el halo de un noir surrealista. Esta fusión también se asentaba en los usos musicales, que le daban a cada rasgo de la puesta y de los personajes sus propios leit motiv. La puesta de Lee es luminosa, limpia y clara, la música funciona como un acompañamiento que no introduce emoción alguna y no hay ni una mínima cuota de ambigüedad. Hasta los tachos de basura brillan bajo la mano de Sean Bobbitt, el D.F. predilecto del también reaccionario Steve McQueen. Incluso se elimina una escena clave como la del calamar, en la que la imagen de Dae-su devorando el animal ante la mirada fascinada de su futura amante/hija evoca al célebre cuadro de Goya, Saturno comiéndose a su hijo, que a su vez simboliza varios de los rasgos psicológicos que contiene el protagonista: melancolía, autodestrucción e impotencia sexual (no por incapacidad física sino por la situación dada). No resultarían demasiado importantes estas diferencias formales si no fuera porque esta ‘lavada de cara’ también se extiende al discurso de la película.

saturnoLos enfrentamientos físicos en la versión estadounidense no se sienten, no duelen y ni siquiera salpican sangre en la pantalla, pese a que tenemos a un tipo defendiéndose a puño o martillazo limpio frente a unos cuantos contrincantes menos que los que enfrenta el coreano. Pero da lo mismo, y el detalle importante es cómo se justifica la violencia impartida por Doucett, diferenciado de Dae-su, que buscaba poner a prueba y sin excusas el monstruo que alimentaron a base de paredes y empanadas chinas durante quince años. A Doucett lo atacan un grupo de rugbiers de preparatoria (en un campo abierto y de un verde resplandeciente) por defender a la mujer que -ellos creen- el protagonista está molestando. Dae-su desciende por una escalera hacia un turbio callejón donde le roba descaradamente un cigarrillo a una banda de tipos que no parecen ser los más populares del colegio. Este descenso a lo animal, a las pulsiones más básicas, no significa un rasgo negativo en Old Boy: es simplemente aceptar lo que convive y late dentro de nuestro ser ‘civilizado’. Doucett de entrada hace un comentario peyorativo sobre el boxeo, señalándolo como una costumbre primitiva y, aún después de pasarse años encerrado en una habitación, no cede nunca ante sus impulsos, con un estoicismo que da envidia. Los pocos rasgos animales de los que da muestra el vengador angloparlante son tan burdos y caricaturescos que diluyen cualquier dialéctica posible.

Dae-su arañando las paredes del ascensor al encontrarse por primera vez con una mujer después del largo encierro, o irrumpiendo en el baño para atacar sexualmente a Mi-do (Kang Hye-jeong), exponía gestos de muchísima mayor honestidad, no sólo narrativa sino biológica. A Doucett no se le mueve un pelo frente a una piba que está buenísima y no para de tocarlo. Lee prefiere concentrar todo el desenfreno sexual de Doucett en su vida pre-cautiverio, como un signo negativo más, otro pecado capital que purgar. De esta forma se subvierte el sentido de la venganza, que ya está subvertido desde el origen. A Lee Woo-jin (Yu Ji-tae) no le interesaba que Dae-su se cogiera a su hija, porque sabe que esa era una reacción lógica en un hombre en tales condiciones; lo que Woo-jin quería es que se enamorara de ella, porque la relación que lo unía a su hermana se fundaba en el amor. Spike Lee transfigura la figura del incesto, que da pie a la tragedia de una relación romántica entre hermanos, en la de un abuso de poder patriarcal. No se permite cuestionarlo como una forma de amor posible. Al atormentado Woo-jin lo reemplaza por Adrian (Sharlto Copley), un excéntrico perverso cuyo séquito recuerda al de Mugatu (Will Ferrel) en Zoolander.

Old Boy nos introducía en la mente de Dae-su, nos hacía partícipes de su locura a través de la narración en off de los relatos que escribía a modo de diario íntimo, y de los usos de la cámara que funcionaba como una extensión expresiva de aquella. El encierro de Dae-su no encuadraba ningún tipo de rehabilitación; por eso mismo los motivos eran inciertos hasta para el protagonista. Por cómo se presenta Doucett, inmediatamente podemos darle al claustro uno o varios motivos posibles, y en su encierro el protagonista comienza a transitar un mea culpa de antología en el que reflexiona sobre su tendencia al alcohol, sus relaciones personales y laborales, y la desatención hacia su hija a la que le termina escribiendo una infinidad de cartas llenas de excusas y disculpas.

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Con todo esto Spike Lee no da lugar a la salvajada ni siquiera en el transcurso de la trama, y para sellar tanta corrección y represión invierte el sentido total del final de Old Boy. Ningún animal es liberado en esta nueva versión de los hechos. Doucett se encierra voluntariamente en la misma habitación donde pasó sus últimos veinte años (noten los cinco años que se agregaron para que la edad de la chica esté por encima del límite legal) y, sin dejar que Marie Sebastian (Elizabeth Olsen) se entere de nada, la aleja lo más posible de él con otra carta y una caja repleta de recuerdos. Al espectador bienpensante lo despide a cámara con una sonrisa plena, para que no se vaya de la sala pensando que estuvo todo el tiempo del lado de un hombre dispuesto a destruir su integridad mental para seguir amando a su hija en secreto, y que ese es el final feliz que esperaba.

Oldboy (Oldboy, 2013), de Spike Lee, c/Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Samuel L. Jackson, Michael Imperioli y Sharlto Copley, 104′.


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