Monger es un término que define a aquellas personas que se dedican a difundir rumores sobre prácticas polémicas, cercanas o por fuera del margen de la ley establecida, relacionados mayormente con las drogas y la prostitución. Monger proviene de mongerings, devenir desgastado del término mongoloide (utilizado por imperialistas orientales de comienzos del siglo pasado para definir a personas de rasgos asiáticos/mongoles, a quienes consideraban como una raza inferior).

Existen foros de discusión en la web sobre Mongering, donde muchos acceden a informarse con el fin de coleccionar prostitutas y cabarets en diferentes partes del mundo, actividad destinada a clases sociales con holgada solvencia y libertad económica. Estos tipos viajan casi únicamente para reiniciar noche tras noche las salidas con mujeres en quienes no confían, relacionándose materialmente con cuerpos ajenos en un entorno viciado, cargado de aranceles, lujuria, apatía y desamparo.

Uno de estos extranjeros es Ramiro, un texano racista que destila descontento y desprecio a partir del momento en que abre la boca. Critica a Eva Perón mientras señala su imagen sobre el Ministerio de Salud y Desarrollo Social, la tilda de comunista, acusándola de ser la razón por la cual el país está arruinado. El documental avanza rápidamente desplazándose de este comienzo atonal y pasa a acomodarse sobre Ramiro, en un intento de generar una poco eficaz cofradía humorística. Este monger neoliberal vive a costas del turismo sexual, lo que lo convierte sencillamente en un proxeneta.

Otro de los personajes centrales es uno de sus clientes: un puertorriqueño sin personalidad que viene a la capital durante una semana a tener sexo con una docena de mujeres. Guiado por Ramiro, recorren los cabarets del microcentro. Este personaje se pone al hombro con orgullo la reproducción de su discurso de macho anticuado, admitiendo ridículamente haber empapelado su casa con las fotos de las prostitutas a quienes les pagó para tener sexo. Se graba a sí mismo con su celular todos los días para contarle a “sus seguidores” que le está yendo bien, actualizando su website con los rasgos de cada una de las prostitutas con quienes se acuesta, las numera y les pone puntaje a «las tetas, a los culos y a las habilidades sexuales».

El tercer personaje elegido es un británico que básicamente aprovecha su condición económica y paga para sacarse los problemas de encima. Se casó con una mujer argentina a la que conoció cuando la contrató por sus servicios sexuales. A pesar de que hablan de su breve comienzo romántico, los conocemos en el momento en el que ya están separados y, a pesar de que se respetan, negocian la tenencia de su hijo en medio de un bullir de resentimiento que supera cualquier decisión de disimularlo. Finalmente el hombre se irá a Inglaterra con su hijo, declamando que escapa de este país porque aquí todo es una «basura».

¿De qué habla Monger, qué quiere resaltar? ¿Acaso intenta revelar un mundo oculto? ¿Pero oculto de qué, de quiénes? Está marginalidad a la que apela con su música y sus climas ominosos: ¿no es acaso mucho más común y se encuentra más expuesta que los actos solidarios o la simple honestidad? ¿Dónde vive esta gente? ¿Por dónde camina?  Sí, en cambio, esta práctica no se esconde de nada ni de nadie sino que, al contrario, es visible como una condición para ser dominante, destacándose diariamente de muchas formas, a toda hora y en todo lugar.

Entonces, ¿qué intenta revelarnos Monger al cernirse sobre las historias de estos tres extranjeros? Creando este sesgo para que aquí los únicos que pertenezcan a la temática sean la parte de la demanda; vemos a estos hombres que consumen prostitución, ellos son los mongers, lo demás es mercancía, discursos pasivos, y el punto de vista se apropia de esta indiferencia, mostrando, pero desde afuera, desde una posición distanciada, desde una seguridad que pocas veces resalta aspectos más allá de lo evidente.

Cada uno de estos hombres, promotores del desprecio y la ignorancia, instauran con su mirada machista la cosificación sobre el cuerpo femenino, sobre todo el de las que se encuentran circulando dentro de esta esfera tan antigua y tan bien financiada por el desarrollismo que estos mismos ignotos valoran, por sobre cualquier resistencia ideológica.

¿Es un documental de denuncia, o se regocija en cierto sensacionalismo televisivo, al exponer a estos funcionales? Desde esta posición superada, intenta acercarse a un mundo que desdeña. ¿Qué sentido aportan esas transiciones en super 8? ¿O esos planos detalles que evidencian brevemente la mugre en la que vive inmerso el proxeneta Ramiro?

Monger se sostiene debido al factor polémico del tema y al devenir azaroso que otorga el género, remarcando un clima sombrío que permanece sobre personajes que no tienen ninguna esperanza de transitar aunque sea fugazmente el contento o la belleza. El director, Jeff Zorrilla, les pregunta si son felices (¿felices?), y progresivamente intenta buscar un contrapunto que logre identificarnos, aunque en ellos opera una descalificación que se impone sobre sus cimientos, previa a cualquier recorte, porque la mirada pone esa distancia desde el comienzo.

Monger continúa lanzando golpes de efecto disfrazados de “realidad” y, con este dejo moralizante, deja a sus personajes enfrascados en perspectivas lamentables y a la progresión dramática a merced de un devenir arrítmico y azaroso que mejora, irónicamente, de forma directamente proporcional al alejamiento físico de la puesta de cámara. Aquí es donde mejor se percibe la interioridad y el valor cinematográfico: cuando se aligera el peso de esta presencia, aparece un documental de observación más interesante.

Monger se queda con lo que le sirve: un registro sobre lo inmundo, sobre la inmundicia que nada tiene de oculto, sino que viene del mundo, es» in munda»; estos personajes se encuentran inmersos en su universo, son víctimas del encapsulamiento del cual no se permiten (y no se les permite) salir.

Monger (Argentina, 2017), de Jeff Zorrilla, 72′.

 


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