Para ser leída por quienes ya vieron la película.

Las escalas. Estuve viendo una reversión de Cosmos, la miniserie de divulgación científica que en los 80 conducía Carl Sagan. El centro de nuestra galaxia está a treinta mil años luz de la Tierra, la galaxia más cercana, que se llama Andrómeda, a dos millones y medio de años luz. Dentro de tres mil millones de años la Vía Láctea y Andrómeda chocarán, pero las distancias entre  las estrellas son tan grandes que este choque no generaría en la Tierra más que un gran espectáculo nocturno.

Estos datos producen una sensación de insignificancia y un vértigo que hacen irrisorios los actos cotidianos. Apurarse para no perder el subte, decidir qué comer, acordarse dónde dejaste el auto, nada de esto tiene ningún sentido. La humanidad misma aparece tan coyuntural que todo da lo mismo, uno se separa del mundo, lo pierde. Manchester junto al mar te lo devuelve. Así como podemos tener conciencia de nuestro ser casi nada, no podemos dejar de sentirnos todo, y las dos cosas son ciertas. Establecida en un lugar cualquiera, esa pizca ínfima de energía cósmica que somos, es capaz de hacerse sentir a sí misma toda la fuerza de la existencia a través de unos rayitos de luz que imitan la materia para contar una historia que sabemos falsa. ¿Cuál misterio es más grande, la existencia del Universo o la existencia de los sentimientos? Lo que nos afecta es una cuestión de escalas.

Lee Chandler (Casey Affleck) no está en nuestra escala. Está en escalas siderales de sufrimiento, es insensible a los asuntos terrestres. Desde esa escala trabaja de arreglar cosas que a él no le arreglan nada. Se rompió una cañería, una ducha gotea en lo del vecino, se quemó una lamparita. Lee arregla con eficiencia y escucha los asuntos de la vida de los demás. Este es el comienzo de la película: ingenuamente tratamos de captar algún sentido en lo que dicen estas personas. Vemos que Lee tiene una actitud hosca, seca, sin ningún esfuerzo por la amabilidad, y empezamos a preguntarnos porqué. Cuando sepamos que sus tres hijos se murieron quemados porque él se olvidó de poner la malla protectora en su chimenea viajamos en su escala y la cañería se convierte en una piedrita al lado de Andrómeda.

La película esparce problemas de pequeña escala en la narración: al salir de la funeraria Lee no se acuerda donde dejó el auto, en otro momento se le cae la llave, a Patrick (Lucas Hedges) le suena el celular durante el sermón del funeral de su papá, Lee entiende mal algo que le dijo el sobrino y arranca el auto cuando Patrick estaba bajando. De todos estos errores, descuidos, malentendidos, de esos que todos tenemos varios cada día, hay uno, no muy distinto de los demás, que lo arrancó de la escala de los vivientes y lo puso en ese limbo hecho de tres portarretratos y vacío en el que vive.

Lee tiene enterrados los sentimientos. Una pausa enorme precede a cada palabra que involucre, aunque sea indirectamente, un sentimiento personal. Para castigarse, para sentir algo o para descargar su bronca suele agarrarse a trompadas con cualquiera por cualquier cosa. Así como hay escalas en el Universo y en los sentimientos, las hay en la narración. En Manchester junto al mar cada escena funciona en la escala de la película completa y, al mismo tiempo, dentro de la escena, independiente del resto: lo vemos en la barra de un bar, hasta ese momento solo sabíamos de él que reprimía algo, que había algo que lo tenía siempre a punto de explotar, una mujer le tira intencionalmente la cerveza encima e intenta iniciar una charla, Lee no demuestra ningún interés. Unos segundos después se queda mirando a unos hombres al otro lado del bar, se levanta y se acerca. Esa será su primera pelea. Esta actitud habla de la frustración del personaje y suma preguntas sobre él que se irán contestando, o enriqueciendo, a lo largo de la película. Pero al mismo tiempo tiene una dinámica interna, la escena se va cargando de preguntas inmediatas: ¿la mujer le tiró el vaso a propósito? ¿vamos a ver un levante en un bar? ¿por qué él no tiene ningún interés? ¿no le gustan las mujeres? ¿qué ve en los hombres que se queda mirando, quiénes son?¿qué va a pasar cuando se acerque? Dentro de su estética seca la película mantiene la narración siempre en movimiento, no abandona nunca al espectador.

Durante casi una hora mantenemos la pregunta sobre qué le pasó, o qué hizo, o qué es. Antes de saber la respuesta lo vemos llegar a la casa, la hija está jugando en un sillón y no lo saluda -de fondo la terrible chimenea encendida-, él se lo recrimina. Nuestra atención se pregunta: ¿el problema es con los hijos? ¿les hizo algo? ¿por eso lo rechazan? Ni un segundo duran estas preguntas, la hija le dice “¡abrazo!” y descartamos esa pista, pero otra vez, al mismo tiempo que se nos presenta a una de sus hijas, a su amor por ella y su amor por él, mantenemos activa nuestra atención en base a falsas pistas que empujan el relato.

El tiempo. Según la teoría de la relatividad, que el tiempo y el espacio sean lineales y uniformes es solo una percepción de nuestro tamaño y velocidad mínimos. El tiempo se contrae, se detiene, el espacio se curva, el vacío se dobla, este universo de causas y efectos en el que creemos vivir puede ser solo una ilusión creada por la evolución. Es posible que en realidad -si existe la realidad- la energía del universo no tenga una lógica temporal y lo que percibimos como antes sea causa de lo que percibimos como después, o -más posible- que las influencias sean ilusorias.

En Manchester junto al mar las escenas no solo tienen un efecto presente, en el momento que suceden y dentro de esa linealidad. Imágenes que relatan algo en un momento, tienen una función dramática diferente en relación a escenas posteriores. La película no se mueve solo de atrás hacia adelante y esto es así no solo por la relación del presente con los flashbacks sino también dentro del mismo presente del film.

Vemos a Lee salir de su casa aquella noche, borracho. Camina hasta el minimercado. No hace gestos, no hace nada. Unos minutos después, cuando ya sabemos lo que pasó, cuenta a la policía ese momento. Cuenta la reunión con los amigos, habla de cocaína que no vimos, cuenta el enojo de Randi (Michelle Williams), cuenta que puso leña en la chimenea, cuenta que en la mitad del camino se preguntó si había puesto la pantalla de alambre. Mientras lo vemos ahí, destrozado frente a los dos policías que lo interrogan, en nuestra cabeza repasamos la escena que vimos desafectadamente unos segundos antes. Esa duda sobre la pantalla no está filmada, Lee no se detiene, no duda, solo camina como borracho. Lo vivimos con la intrascendencia con la que él lo vivió y nos cae encima con toda la carga de sentido que toma después. Nos acordamos de esa nada que fue él pagando las cervezas y sabemos ahora que mientras eso pasaba sus hijos se estaban prendiendo fuego.

Antes lo vimos volviendo a su casa algo tomado luego del paseo en barco con su hermano Joe (Kyle Chandler) y su sobrino Patrick y, cuando se saca la remera, descubrimos en la espalda un tatuaje: unas manos de nene, como si fueran estampadas en la espalda. Entendemos que son las manos de alguno de sus hijos. No tiene gran importancia en el momento y no se vuelven a ver en toda la película, pero cuando sabemos lo que pasó nos damos cuenta de que Lee, además de cargar con el recuerdo, vive con ese tatuaje, una carga que lleva literalmente en la espalda.

El amor vs. la solemnidad. Manchester junto al mar es una historia alrededor de la muerte de tres nenes en la que nuestra empatía no se dirige nunca hacia esos nenes. Quizás por eso son tres, para que no personalicemos, para que podamos decir que Lee fue responsable en la muerte de “sus hijos”, como un colectivo casi sin caras ni nombres. Por eso, al llegar a la casa incendiada, el fuego ya se la comió entera, no hay ningún espacio para el suspenso, para que pensemos en si esos nenes salieron o no. Primero la casa totalmente prendida fuego, enseguida Randi gritando que los hijos están adentro. En un instante sabemos por qué Lee se comporta así. El horror se completa después (y otra vez la falta de linealidad) cuando sabemos que fue Lee el que provocó el fuego. Sabemos de los portarretratos, lo vimos envolverlos, los vimos sin saber que eran en las primeras escenas, pero nunca se ven las fotos. Casi al final de la película, Patrick los ve en la habitación que ocupa Lee, los mira un rato largo, falta el contraplano, la imagen de esas fotos. Recién ahí estamos seguros de que Patrick sabe lo que pasó. Sabemos entonces que esa falta de compasión hacia Lee no es ignorancia, es adolescencia y amor: es chico para afrontar una charla sobre eso con Lee y el vínculo entre los dos no necesita de protocolos ni cortesías. Son pares, no tienen miedo de herirse porque no menosprecian al otro y porque saben que su amor puede tolerar palabras duras. Lo mismo pasaba con su hermano, de ahí la hermosísima escena en la que la Dra. Bethany (¿cómo hace Lonergan para que queramos tanto a personajes tan chicos?) le dice que se va a morir y Lee, Joe y ella se ponen a decir nombres de “buenas enfermedades”. Por eso mismo lo puede abrazar y besar ya muerto y frío, momento que también se resignifica después, porque ese gesto que parece exagerado y morboso es tanto menos de lo que pudo hacer con sus hijos convertidos en ceniza.

De las dos novias de Patrick, Lee rechaza a Silvie (Kara Hayward), la que invoca la compasión hacia su sobrino. Silvie se molesta porque Lee habla los asuntos administrativos del traslado del cuerpo de Joe delante de Patrick; antes porque sus amigos, los de Patrick, le hablaban de Viaje a las estrellas la noche de la muerte de Joe. Tiene atisbos de solemnidad que la hacen parecerse a Elise (Gretchen Mol), la madre del chico. La relación de Lee con Patrick, y la que tenían con Joe, excluye la solemnidad. Los solemnes, los afectados, los graves, son condenados; los que ríen, los que disfrutan, los felices, los que saben que la vida es insignificante y es todo al mismo tiempo, esos son los bienaventurados.

El padre. Una gran parte del nuevo cine argentino y sus defensores nos quisieron hacer creer que eludir la solemnidad significaba ser chiquito, aspirar a lo que está a mano, mantener al gigante dormido. Keneth Lonergan va hasta el fondo de la vida al mismo tiempo que destroza la solemnidad. Manchester junto al mar es el recorrido de un hombre a través de la obligación de revivir una tragedia sin medida. Mientras era padre, Lee aparecía casi como un adolescente, sus movimientos, y su actitud corporal blanda y desgarbada contrastan con la posición más rígida y áspera que le vemos después. Ahora Lee debe hacer las veces de padre, es decir que no solo debe estar en el pueblo donde pasó todo, donde todos saben lo que pasó y donde su nombre es el signo de esa historia, sino que además está obligado a cumplir con el rol que, sin la tragedia, habría tenido: debe ser padre de un adolescente, como el que nunca fue. Ahora tiene que preguntarle a Patrick si debe enseñarle a usar un preservativo, tiene que pagarle la pizza o el helado y llevarlo de un lugar a otro. Ese papel de padre es monstruoso para él, lo que queda manifiesto cuando un tipo por la calle (interpretado por el mismo Lonergan) le dice que es un mal padre creyendo que Patrick es el hijo.

Pero hay otro padre que aunque fugaz tiene una aparición desgarradora, es Stan (Tom Kemp), el padre de Lee y Joe, el que conocemos cuando tiene que escuchar como la doctora le dice a su hijo que se va a morir en la escena de las “buenas enfermedades”. En la mitad de la película, en una de las mejores escenas de la historia del cine, Lee declara en la policía inmediatamente después del incendio. Acabamos de ver lo que pasó y todavía nos afecta, la música arrastra ese momento, Lee está destrozado, cuenta su negligencia, su duda; o se siente culpable y quiere ser castigado, o no tolera el momento y quiere llenarlo de obligaciones legales, en cualquier caso no soporta que le digan que se puede ir, no soporta que le digan que tiene que seguir con su vida, que tiene que permanecer en su ser, que después de lo que pasó no hay ni hombre ni dios que le imponga ni pena ni tarea equivalente a su culpa más que seguir siendo. Afuera esperan Joe y Stan. Ellos ni siquiera pueden ser protagonistas, deben tratar de imaginar el calvario, acompañan. Lee se levanta dándose cuenta de que la existencia para él será para siempre eso que le está pasando, manotea el revólver de un policía, trata de matarse y el tiro no sale. En el momento que agarra el revólver vemos al fondo y fuera de foco la silueta de su padre parándose; enseguida, durante un segundo o menos, un plano del padre, tambaleando, impotente, viejo. Estamos viendo a un hombre que acaba de perder a sus tres nietos, que está acompañando a su hijo destrozado y lo tiene que ver pegándose un tiro en la cabeza. La historia de ese hombre no debe tener más de dos minutos en la película, pero ese plano que le dedica Lonergan durante un segundo, el de él parándose, cuenta otra historia completa, es una película dentro de la otra.

“I can’t beat it”. Lee lo dice un par de veces: que no puede superarlo después de una pausa de diez segundos (“I can’t beat it”) y dice que no hay nada, que no le queda nada (“There’s nothing there”) en dos escenas llenas de pasión y amor con Patrick y con Randi. Sin embargo hay una luz, o dos. La primera es la única vez que sonríe en toda la película, cuando ve a Patrick enseñándole a Sandy (Anna Baryshnikov), la novia que nos gusta, a manejar el bote que fue de Joe. Un movimiento apenas, amagando con levantarse para ayudarlo cuando el bote se descontrola. La ayuda no es necesaria, Patrick toma el mando y Lee sonríe.

Después está el final, en el que Lee no se queda con Patrick en Manchester porque no puede, pero dice que va a alquilar un departamento con un cuarto extra. Este cuarto extra es el lugar para algo más en su vida, una ranura donde entra algo más que su tragedia.

En la (casi) última escena los dos están caminando en una calle, vienen de enterrar a Joe, Patrick le tira una pelota que Lee no devuelve, le dice que la deje, el sobrino la busca y se la vuelve a tirar, y otra vez. El sobrino no lo deja abandonar, no lo deja no ocuparse más de la vida: aunque vos no hagas nada, aunque seamos un sinsentido en el Universo insensible, acá está la pelota, las cosas, y si estás vivo vas a tener que hacer algo con ellas.

Manchester junto al mar (Manchester by the Sea, EUA, 2016), de Kenneth Lonergan , c/Casey Affleck, Lucas Hedges, Michelle Williams, Kyle Chandler, 137′.


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