phpThumb_generated_thumbnailjpgLuis Ziembrowski, un actor de múltiples y muy gratos registros, debuta en el rol de director (es también co-responsable del guión) con Lumpen. Ya desde la elección del título se vislumbra la temática del film y eso supuso, en principio, una buena señal. El que una ficción se ocupe del tema de la lumpenización de la clase media y del deterioro del entramado social, algo sólo visitado -en los últimos años- por el género documental, es saludable.

El relato gira alrededor de Bruno (Sergio Boris), un cincuentón bastante deprimido que vive con su hijo adolescente (Alan Daicz) y su novia -de Bruno, claro- Ruth (Analía Couceyro). Desde la primera escena la mirada de Bruno da cuenta de una cierta asombrada incomodidad y una marcada ajenidad frente a todo aquello que lo rodea (¿quizás una metáfora del deterioro de la clase media?).

El relato se desarrolla en un escenario mínimo: un almacén atendido por un paraguayo (que habla en guaraní), una fábrica abandonada hace tiempo y una remisería (San Tropez) que es la que justifica la presencia de un trío de fascistas cretinos sumamente desagradables encabezados por Gabo Ferro (que resuelve este personaje de taquito). Completan la geografía una vecina vieja, prosoviética y parapléjica (María Inés Aldaburu) y «Cartucho» (Diego Velázquez) que «okupa» el playón de la fábrica abandonada y es el eje del malestar que se ha instalado entre los vecinos «decentes y trabajadores». Mientras las pequeñas miserias se desnudan en este deteriorado espacio, suenan amenazadores bombos y detonaciones que vienen «de la esquina», como una amenaza latente a lo largo de todo el relato.

A medida que el film transcurre Bruno deja de ser un personaje agobiado y se convierte en un pusilánime que recibe mansamente la prepotencia con la que lo tratan los que lo rodean. Sin embargo, lo que sí le jode, a su manera, es la relación de su hijo con el «okupa», hecho que lo ha puesto, a ojos de los demás, en el lugar del que confraterniza con el enemigo. De ahí en más la película es una serie de planos cerrados que puntúan su desazón y, a la vez, abren líneas narrativas que nunca se resuelven: cierta tensión sexual entre Damián y Ruth, cierta seducción estimulada por el poder que él ejerce sobre una empleada de la panadería de su padre, todo lo relacionado con un auto viejo que a veces anda y otras no anda. Y todo flota en el aire y se desvanece sin dejar nada claro.

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Lumpen abusa de las metáforas sin tener en cuenta que se trata de construcciones veleidosas e impredecibles que, en este caso, conducen a la incomprensión. Hay un cierto atisbo de crítica social que nunca termina de fraguar. Una marcada estética que remite al realismo sucio, el uso indiscriminado del plano cerrado, la oscuridad, el eco incesante de «la amenaza» -que aparece lejana pero no tanto- se han convertido en el lugar común que construye el agobio y, en este caso, de tan críptico se vuelve inentendible, como tampoco se entiende el porqué de la violencia, esa violencia que nunca es gratuita ya que siempre tiene sentido para quien la ejerce.

La tesis de Ziembrowski está plagada de buenas intenciones que no se traducen en las imágenes. Ni el deterioro de la clase media, ni todo su abanico de prejuicios, su falta de compromiso (esa cobardía de la que constantemente acusan a Bruno), la sensación de que todo va a explotar en cualquier momento, ni el deseo que de que la anarquía no traspase los límites de la propia casa ni altere la calma (precaria, pero calma al fin) de lo que queda del cómodo mundo conocido.

Lumpen (Argentina, 2013), de Luis Ziembrowski, c/Sergio Boris, Analía Couceyro, Alan Daicz, Daniel Valenzuela, Diego Velázquez, Gabo Correa, María Inés Aldaburu, Oscar Alegre, 87′.


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