hqdefault (1)I. La misma semana en que termina Mad Men resucita Mad Max. Más importante aún, esta es la semana en que la cartelera porteña queda realmente inaugurada con la coincidencia de Mr. Turner, de Mike Leigh, y la nueva película de la saga de George Miller que a fines de los 70 hiciera famoso a Mel Gibson. Porque ambas películas son espectaculares, cada una a su modo, como a principios del año pasado lo fueron El lobo de Wall Street y El desconocido del lago. Grandes personajes, gran puesta en escena, pura potencia en las cuatro. El destino de Júpiter y Ave Fénix habían anticipado las vertientes estadounidense y europea, mainstream (independiente) y de autor, sin coincidir en las fechas de estreno. Así que todo comienza hoy y vale la pena repetir funciones cuanto antes, en las multisalas o en el Bellas Artes, porque quién sabe cuándo tendremos de nuevo simultáneamente tanto sentimiento, tanta adrenalina, tanto cine.

No sé de metal, no sé nada de fierros, pero siento su materia y su descarga, mucho más cuando un director como Miller organiza la función. Furia en el camino es un recital mítico, pura performance al palo, pura representación arquetípica (como si el número central de Las zapatillas rojas de Powell y Pressburger durara más de dos horas en vez de quince minutos) pura persecución, carrera, fuga y retorno. Si hay víctimas, nadie usufructúa la pena. Ni los personajes ni la película. No es que no haya tiempo para ello en una película larga que no pesa, sino que todos los involucrados saben que la pena es lastre mortífero cuando detiene el rumbo, traición a uno mismo. Si el que sufre no puede con su dolor se lo banca, se lo ayuda y, sobre todo, se lo alienta. La velocidad, que en las imágenes actuales reina, acá no es un problema sino una bendición cinemática, cumplimiento virtuoso de los orígenes del cine. El problema de la velocidad audiovisual contemporánea no es la velocidad sinola torpeza a la hora de escribir personajes y narraciones, de encuadrar, de organizar un rodaje multitudinario y, sobre todo, de montar. Pero Miller marca siempre el tempo adecuada a la orquesta. Mad Max es una ópera rock, es decir un melo… drama.

Y el drama sentimental masculino es mucho más habitual de lo que se supone, incluso en el cine industrial estadounidense clásico que repartía los géneros y parecía asignarles los emotivos a las mujeres, pero terminaba haciendo del western un melodrama para machos (un heredero de ese sistema como el argentino Adolfo Aristarain percibe ese hecho consciente o inconscientemente y por eso filma un melodrama como Martín (Hache) con muchos puntos de contacto con Buenos días, tristeza de Otto Preminger, así como Las brujas de Eastwick es otra gran película de Miller en la que se discuten las fortalezas y debilidades de los sexos en relación con la descendencia y los marcos culturales religiosos). Por eso es más que pertinente la elección de Tom Hardy, héroe blando y querendón desde Warrior a esta parte, con cara redonda de bebote y mirada transparente. Por eso los flashbacks traumáticos más flashes que nunca, más infinitesimales, mas inoportunos, groseros como grosera es la perdida seminal del protagonista, menos circunstancial que constitutiva, máscara de la debilidad masculina congénita del héroe incapaz de sobrevivir sin leche materna (también Nick Nolte sufría flashes de esa índole en Un milagro para Lorenzo, una película en la que el ex médico Milller se ocupaba del funcionamiento químico del cerebro). La elección de Tom Hardy como protagonista está directamente relacionada con la decisión de relegar su protagonismo en favor de uno colectivo, compartido con mujeres, y Miller llega al extremo de taparle la cara durante un rato largo además de posponer continuamente su centralidad. El clisé del flashback traumático no sólo no es un error porque funciona como leitmotiv rítmico en el contexto musical de esta película, sino también porque el kitsch autoconciente del subgénero le sirve de soporte, como en los últimos dos westerns de Tarantino (porque toda las escenas rurales de Bastardos sin gloria lo son). Uno y otro son hijos bastardos que al muy circunspecto western clásico le parieron esas hembras periféricas llamadas spaghetti y ozploitation luego de ser violadas por su protestante colonialismo.

mad-max-fury-road-ReviewII. El sustantivo del título original de Un milagro para Lorenzo era otro: aceite. Un chico de ocho años se enferma de un mal que en dos años habrá de matarlo, no sin antes privarlo gradualmente de las funciones que lo caracterizan como humano o que, al menos, le permiten comunicarse con otros y así responder al sentido común de humanidad de sus interlocutores (que va a ser desafiado por la enfermedad, por esa flla). Lo primero que vemos es la transcripción de una leyenda swahili en la que resalta la palabra «lucha» como forma esencial de la vida. Esto es Washington y en Washington no hay desiertos, pero rige la misma lógica de Mad Max. Al fin y al cabo el padre trabaja para el Banco Mundial, las diferencias culturales son tan evidentes como las tribales de la saga post apocalíptica y quien cuenta con más y mejores recursos económicos puede alargar su expectativa de vida. La película no nos pone en el lugar de las víctimas, pero eso no suena a injusticia sino todo lo contrario, porque se nos hace sentir que en ese lugar sería un lugar imposible, si no obsceno, de representar en el marco de una ficción convencional como esta. Entonces: a luchar, por las víctimas o por sí mismos. Que es lo que hacen los padres, hacedores del milagro al que alude el título autóctono y que en la película nada tiene que ver con intervención sobrenatural alguna, casi que tampoco de terceros porque, si hilamos fino, la voluntad de Lorenzo es tan importante como la de los padres. Es la voluntad de supervivencia que pronuncia Tom Hardy como credo único en Furia en el camino.

No hay otra cosa que el esfuerzo, la voluntad de conocimiento y la creencia, que no es garantía de divinidad exterior, atributos del padre italiano y de la madre de origen irlandés, ambos católicos, pero también de los africanos con los que interactúan al principio de la película. En la última Mad Max un réquiem de Verdi, otro italiano, no desentona en el concierto de metales contemporáneos. Nick Nolte encadenando clips en una biblioteca para dilucidar el remedio químico que salve al pibe tiene tanto o más rock que Gibson vengando a los suyos, y la cabellera pelirroja de Sarandon amenaza con sus llamas tanto o más que lo que nos señala el muñón desnudo de Furiosa. Un milagro para Lorenzo avanza con todavía más urgencia mortal que Mad Max y si no es superior se debe a que la abstracción de esta última es plenamente cinética. Pero la velocidad de aquella es fascinante porque conspira –y esa es su ética- contra la explotación del hecho penoso (en la demora acecha la lástima). Corremos durante más de dos horas junto a esos padres y recién al final respiramos. El desahogo, entonces, viene cono resultado de la acumulación de acciones, más que de padecimientos, y entra en relación con la cura en vez de con el mal. En el traspaso de voces último, que va de la exterior materna a la prisionera del hijo, hay esperanza pero yo no pude dejar de pensar en la cavernosa soledad radical del ciego, sordo y mudo de nacimiento, carente por completo de estímulos, cuyo ser en un mundo paralelo al nuestro, pero remoto, nos enrostra Herzog en El país del silencio y la oscuridad como un absurdo tan irredimible que hasta llamarlo diabólico resulta enternecedor.

solorenzo043010III. Lo que amenaza tras la urgencia de Un milagro para Lorenzo y la velocidad de Furia en el camino es la pregunta por el sentido del dolor. Pero como el dolor es, sin razón, seguir adelante en vez de pararse a pensar su causa metafísica o su propósito moral es pura sabiduría del cuerpo, fuga de ese terror de los flashbacks que persigue la detención del acto, la parálisis del sujeto, un páramo del espíritu similar al salitral que sorprende a Furiosa en lugar de El Dorado natal que anhela. Recuerdo a un hombre mayor de pelo blanco, pastor sin ínfulas mesiánicas de una congregación de los Testigos de Jehová que siempre repetía una frase en sus oraciones, las más sobrias de todas: “mantener asidas las riendas del pensamiento”. Ese hombre le rogaba a Dios que el corcoveo de la mente no lo tirara al suelo. Aburrido de escucharlo repetir siempre lo mismo con el mismo tono neutro de voz de siempre yo no reparaba en que a través de ese mantra, de esa falta de originalidad, el orador actualizaba la metáfora fundamental de la pesadilla como yegua nocturna desbocada que etimologías y literaturas varias atestiguan.

¿Qué terrores querría exorcizar ese hombre aparentemente sin atributos? Sospecho que más o menos los mismos que nos hacen saltar a todos, esos flashbacks sin desarrollo que acosan a Tom Hardy y que remiten menos a un hecho traumático del pasado que a un funcionamiento inherente a ese individuo. Todo sistema falla porque ya viene fallado, y en esos aguijones instantáneos de la locura tanto puede estar la suprema impotencia ante el sufrimiento de quienes más amamos, espectáculo insoportable dado a los padres de Lorenzo durante años, como los mil y un demonios del ser. En Mad Max, apuesta abstracta, podrían no haber estado, como tampoco ese plano de Furiosa arrodillada gritando o el de ella misma declamando la búsqueda de redención, pero Miller nos recuerda con ellos que ese Valhalla de la acción sin pensamiento (“primero hay que saber sufrir”) no existe salvo para los enajenados, como el chico de la guerra que, aunque luego habrá de transformarse no podrá eludir esa vocación ya devenida en destino sino, a lo sumo, invertir su signo, otorgarle una utilidad simbólica distinta. Sin ese peso del pasado que, como ya vimos, es algo más que eso, sin ese psicologismo, sin ese clise o esa falencia -para el puritano punto de vista “clasicista”- no tendría sentido la sublime coreografía aérea de abordajes al camión cisterna como en una vieja película de piratas. No hay elevación sin caída, y esa ligereza acrobática aspira a lo sublime porque personajes y película son capaces de alcanzarlo con todo el lastre que transportan.

Aquí pueden leer un texto de Paola Menéndez y otro de Hernán Gómez sobre esta película.

Mad Max: Furia en el camino (Mad Max: Fury Road, Australia/EUA, 2015), de George Miller, c/Tom Hardy, Charlize Theron, Nicolas Hoult, Josh Helman, 120′.


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