avas-possessions-posterAva‘s possessions comienza donde las películas del subgénero “exorcismo” suelen terminar: una chica, con sus extremidades atadas a los barrotes de una cama, se encuentra junto a un cura de pie, biblia abierta en una mano y dibujando símbolos en el aire con la otra, haciendo que el demonio que la ha poseído se vaya de su cuerpo. Porque en algún punto, parece decirnos Jordan Galland, director y guionista de la película, lo interesante es, justamente, ese después. ¿Qué le pasa inmediatamente después a la chica que fue liberada de las garras demoníacas? Lo mismo se podría plantear en otros subgéneros como el slasher si pensamos en el final de la primera Pesadilla en la calle Elm: Freddy mató a la madre de la protagonista calcinándola en su cama en presencia de su padre policía, ¿qué explicación dará él en la comisaria? ¿Cambiará de escuela a su hija? Y si así fuera, ¿cómo será su adaptación? La diégesis llega a un momento en el que la pantalla se oscurece y comienzan a desfilar los largos créditos que hicieron posible su realización. Tal vez tendremos una segunda parte.

Al principio Ava‘s possessions nos da la sensación de ser parte de una película anterior o de muchas anteriores donde una entidad extraña y maligna se cuela en las entrañas de la sociedad provocando un terror generalizado. En este caso, fue a Ava a quien esa entidad se le metió en el cuerpo: un viejo demonio con tambor que se manifestaba de forma agresiva con el resto de los vecinos de la ciudad en la que vivía. Por lo tanto, luego de que el cura hizo lo suyo, la protagonista parece condenada a vivir en un lugar en el que todos la miran como a un monstruo. De esta manera, cuando parece que todo vuelve a la normalidad después del primer minuto de película, las consecuencias para Ava son bastante graves. Dentro de su fantasía y de su humor vemos algo que nos remite inmediatamente a la realidad, aquello que está expuesto como denuncia social si lo queremos leer con esa lente, aunque luego terminará por olvidarse rápidamente bajo el manto extraordinario del terror, la fantasía y el humor. Aquello que vemos es la estigmatización.

Ava, entonces, sufre la estigmatización social. Algo que si lo miramos desde el punto de vista sociológico podríamos citar tanto a Howard Becker en los sesenta o a Michael Young hoy en día. Aquí no se trata de una adicta a sustancias ilegales o de una chica proveniente de sectores marginales, es otro estigma el que nace de la creatividad de la ciencia ficción y el terror en el cine y la literatura. Sus amigas se sienten incómodas compartiendo unas copas junto a ella, es víctima del acoso en la vía pública tras el reconocimiento, y todo ocurre por haber tenido un demonio adentro y causar desastres en la ciudad cuando la entidad tomó su cerebro y la hizo actuar de una forma violenta sin poder impedirlo. La sociedad tuvo un problema que consistió en lidiar con su cuerpo, al igual que ella misma. Su cuerpo y su mente no le pertenecían, había perdido totalmente el control sobre ellos. Se cometieron delitos, pero entonces ella no era ella. Luego de los delitos (asesinatos, destrucción) vendría la estigmatización tanto en los medios de comunicación, como se puede ver en los noticieros o en las redes sociales, como en la calle, entre desconocidos, policías y amigos.

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En el universo de la película es común que la gente sufra este tipo de posesiones. Una vez liberada de la entidad maligna, el Estado la obliga a acudir a un grupo de autoayuda donde participan quienes alguna vez han sido poseídos por algún demonio. Como vemos en reiteradas ocasiones en otras películas y series estadounidense, sean del género que sean: todos en ronda compartiendo con el grupo sus problemas. El Estado, una vez más, crea instituciones para determinados grupos: las hay para los adictos, para los enfermos terminales, para los familiares de tragedias e injusticias y ahora también para estos ex poseídos, ayudándolos llevar adelante el entorno que los margina. Por otra parte, el demonio podría volver y, bajo consignas y ejercicios otorgados en ese entorno, los afectados pueden revertir la fuerza del mal que asedia a su cuerpo y mente y controlarlo, utilizarlo y hasta expulsarlo.

Se puede ver entonces que, además de la estigmatización social, se abordan problemas que tienen que ver con la libertada individual. Una de las prácticas que se realiza para domar al demonio es pararse a la vista de todos en un pequeño escenario en el que, luego de ser atado de pies y manos, el coordinador le pone un collar endemoniado al voluntario para que la entidad maligna lo posea. A través de su fuerza de voluntad, el poseído debe aprender a dominar al demonio mientras los miembros ven cómo sus compañeros luchan para zafarse de él y se dan ánimos. Sólo es uno quien puede contra el mal, es uno quien lucha. El mérito es personal y luego llegará la posterior premiación. Como una superación individual frente a un colectivo que siempre permanece marginal.

Ava’s possessions (EUA, 2015), de Jordan Gallard, c/Louisa Krauser, Carol Kane, William Sadler,  89′.


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