La-profesora-de-parvulario“…Una lira tenía,
un alma viviente y habladora
y el poeta en su palabra
todos sus secretos reveló,
su mano expresó cada matiz.
Un misterio en su seno ahogó,
y entre sus dedos se le escurrió,
un acorde que quedó mudo…”

Chaim Bialik.

La maestra de jardín pone en escena un misterio y algunas certezas. Uno y otras se oponen en el difuso territorio llamado “la realidad”. Casi siempre, y esta no es la excepción, el primero subordina a las últimas. El misterio es aquí la poesía, que renueva la vida, su signo de pregunta atrae, perturba, atemoriza. La certeza, en cambio, proclama el confort de lo que no habrá de cambiar, es un desvío engañoso en la carrera hacia el fin de la vida. “La poesía es un arma cargada de futuro”, decía Gabriel Celaya; el de Lapid es un porvenir de incertidumbre, desequilibrio y temblor.

Yoav Pollack es un chico de cinco años que compone, en estados cercanos al trance, poemas de una belleza inexplicable para sus años. Pero no es la mirada de Yoav la que guía a la película, esta función la cumple Nira, su maestra de jardín, lectora apasionada y aspirante menor a poeta ella misma. Una mujer común por lo demás, con un matrimonio apacible y dos hijos jóvenes. Como en Policeman –la ópera prima de Lapid- el ambiente en el que habitan los personajes gravita sobre ellos con el peso de un personaje más. Hay un clima permanente de agobio, angustia y vacío que los afecta en relación directa a su sensibilidad. Nira y Yoav son personas sensibles; Amnon, el padre de Yoav, es un hombre de negocios exitoso y despiadado para quien la poesía y quienes la practican son sinónimos de fracaso; el marido ingeniero de Nira es un hombre afable y mediocre, cercano al que otro Ingenieros, el argentino José, imaginó como modelo negativo de su mundo idealista: Los espíritus afiebrados por algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios, entusiastas contra los apáticos, generosos contra los calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos.”

Los sensibles, los poetas, son carne sacrificial en esta selva de mediocres pujantes y exitosos. Una visión que podría resultar simplista y cursi si Lapid no la extremara hasta lo existencial e incluso lo político. La angustia y el vacío del mundo que han construido estos fariseos prepotentes es la misma que perseguía a Mersault. En otras épocas y otros ámbitos El extranjero de Camus era también un victimario/víctima de un dilema parecido en un parecido clima de calor, desierto y extrañeza.

la-maestra-jardineraIsrael es el último sueño del iluminismo; o mejor de esa conjunción espléndida de razón y post romanticismo que alimentó los estertores del Imperio Austro-Húngaro. El pensamiento y las tradiciones de los judíos centroeuropeos atravesaron la historia desde la diáspora que siguió a la caída del Templo, aguantaron los trapos junto al islamismo para preparar el predominio cristiano durante la Edad Media, sobrevivieron a los pogromos y humillaciones de mil años de historia “labrando en la penumbra los cristales” como Spinoza según Borges. Los cristales de un  pensamiento utopista y libertario, atravesado por el contento y la melancolía de la espera del Mesías y la Tierra Prometida, columna vertebral de una forma de humanismo y de todas las revoluciones del pensamiento occidental durante los últimos siglos. Después de la segunda guerra y el pogrom inmenso de la Soah, la fundación del Estado de Israel parecía la concreción de todas aquellas utopías laicas y luminosas. Apenas unas décadas después el sueño parece haber terminado.

La Tierra Prometida es un mar de silencio; no hay  música en La maestra de jardín un silencio incómodo acompaña las acciones de los protagonistas. Todos, incluida Nira, usan al niño en tanto su poesía les es útil; su niñera Miri recitándola como propia en sus castings, Nira atribuyéndoselas en el taller de poesía. Apropiación de la lira ajena. Poder. Como el que ejercen los filisteos que desprecian la poesía. Soledad, incomunicación, igual que si Antonioni se hubiera reencarnado en Medio Oriente. Prohibido acercarse, prohibido tocarse; el velo invisible que separa a los seres humanos en La maestra de jardín parece robotizarlos, el hijo soldado de Nira y sus compañeros saltan en un pogo autista festejando su ascenso a oficial. Yoav y los otros chicos del jardín replican el pogo como un mero juego mientras cantan una canción de tribuna llena de odio y racismo (el padre del mejor amigo de Yoav es futbolista). El paralelo entre grandes y chicos asusta. ¿De dónde sale esta violencia? Lapid no lo explica, apenas lo registra, pero vuelve a replicarlo cuando Nira y su maestro-amante recitan un poema que cita a Chaim Bialik, padre de la poesía israelí, poeta de la diáspora y el dolor del pogrom. Bialik era un askenazi (judío del este de Europa) y en el texto que lo cita se resalta su supuesto odio a los sefaradíes (judíos hispanos y de Medio Oriente) y a todos los de piel oscura. Nira es sefaradí, dueña de una misteriosa belleza oriental; su exclusión es doble: artista entre mercaderes y oscura entre los blancos. Ni siquiera entre los poetas –la intolerancia, la envidia y la frivolidad reinan en el taller y en los certámenes poéticos- encuentra un espacio mejor. Salvar a Yoav, preservar su don le parece la única salida. Salvarlo es lanzarlo otra vez al desierto, retornarlo a su destino milenario de judío errante. El viaje de los dos hacia el sur no tiene destino. La locura monta su espectáculo y Nira, artista frustrada, es la maestra de ceremonias. El encuadre se cierra cada vez más sobre ella en el camino, en el jolgorio del Mar Rojo, en el cuarto de hotel; hasta que la mano armada de un policía entra en cuadro y el niño le es arrebatado para restituirlo al hogar de su padre, su condena.

La-profesora-de-parvulario (1)Israel tuvo un padre severo que le impuso las tablas de una ley implacable desde la cima del Sinaí ¿Tuvo también una madre? Ni Ruth, ni Sara ni ninguna de las matriarcas bíblicas parecen ocupar esa vacante. Una falta que para Lapid es ya irreversible. Yoav y Nira, todo Israel, claman acaso por esa carencia. La madre de Yoav está muerta o ausente, Nira descubrió la poesía –su castigo- luego de la muerte de su madre, buscando un epitafio para la tumba. Ley del padre sin madre que remedie la ausencia. Los ojos grandes y tristes de Nira y Yoav, un claroscuro, miran al vacío como la mujer de Lot habrá mirado la caída de Sodoma. La enfermedad que sufren se llama poesía, una lágrima en un mar de sal. Sal de la tierra no solo ya de Israel, nuestro padre. El mundo entero se está convirtiendo en estatua.

Aquí puede leerse un texto de Paula Vazquez Prieto sobre la misma película.

La maestra de jardín (Haganenet, Francia/Israel, 2014), de Nadav Lapid, c/Sarit Larry, Avi Shnaidman, Lior Raz, Ester Rada, 119’.


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