
Una extrañeza profunda es el signo que identifica a un documental como La biblioteca de todas las cosas posibles. Algo que se atisba desde el comienzo cuando la voz en off y en inglés de la directora Ana Fraile, desarrolla un discurso sobre una serie de imágenes familiares en las que es posible adivinar la figura de César Milstein. Algo misterioso, un hilo que en ese momento no puede ser determinado entre las palabras y las imágenes. ¿Qué relación puede haber entonces entre esas personas que parecen estar embarcadas en un viaje y las palabras que aluden a la posibilidad de hallar una biblioteca infinita que abarque todas las cosas posibles?
Hay una referencia que parece inevitable si se habla de bibliotecas. Borges, la Biblioteca de Babel aparecen como construcciones establecidas para ser puntos de partida. Pero la biblioteca a la que el documental alude es otra: no una hecha del conocimiento acumulado en libros y papeles. Si como se dice en algún momento la función de la ciencia es hacer visible lo invisible, la función del documental se vuelve similar: hacer visible una biblioteca infinita que es invisible y que se encuentra literalmente en cada cuerpo.
Esa determinación es la que hace de La biblioteca de todas las cosas posibles un documental poco habitual, al menos de aquellos que logran llegar a una sala de cine para su estreno. Porque se trata esencialmente de un documental científico. Partiendo de las investigaciones de Milstein sobre los anticuerpos, lo que se narra desde la perspectiva de distintos investigadores es la cronología de los avances que permitieron llegar a esos descubrimientos. Desde ese lugar, el documental no puede evitar la caída en tecnicismos, en un lenguaje científico académico, lo que lo hace bordear de manera peligrosa cierta línea críptica. Que el montaje trabaje sobre una mayor fluidez en el entramado de las entrevistas, no implica, sin embargo, que se evite el riesgo de dejar por fuera de lo que se intenta explicar a los no entendidos.

Lo llamativo, no obstante, es el trabajo que se plantea desde las imágenes que sirven como complemento. Si las entrevistas no pueden escapar demasiado de un modelo establecido -más cercano a las formas periodísticas divulgativas-, las imágenes restantes establecen una doble vía. Allí están las imágenes de esos personajes por territorios extraños -por ejemplo, Egipto- que parecen funcionar más que como base sobre la cual edificar la vida del investigador, como una puesta en imágenes del concepto de aventura que guía al conocimiento científico. Pero también están otras imágenes, tomadas en su mayoría de la naturaleza, tratadas en este caso, a la manera de cierto cine experimental, lo que las lleva del realismo a la abstracción.
Entonces, entre el formato tradicional y el experimental, La biblioteca de todas las cosas posibles parece contentarse con esa narrativa del avance científico. Pero en un momento decide quebrar ese relato para volver a una realidad que sale de los límites que establecen las paredes de un laboratorio. Es cuando se sumerge en el territorio cenagoso de las patentes, ese espacio en el que el conocimiento científico entra en colisión con la industria y el mercado. Lo críptico cede parcialmente a la comprensión de ese pasaje entre la ciencia y el comercio. La puja y la tensión se establece en ese punto ya no solamente al nivel de los científicos, sino en las legislaciones y organismos estatales de cada país. Entonces, lo que aparecen son los intereses que se contraponen: la idea de la industria como guardián de esos espacios en los que se aventuran los científicos es notable en la forma en que resume las posturas en juego. En ese tramo final el documental se expande, consigue despegarse del cientificismo duro y aventurarse por sí mismo por ese mundo hostil que rodea al objeto de su relato. No borra del todo la extrañeza de la propuesta, pero agrega un matiz que lo saca del encierro que se propugnó y termina por darle aire no solo a su narrativa, sino también a la mirada del espectador.
La biblioteca de todas las cosas posibles (Argentina-Reino Unido, 2024). Dirección: Ana Fraile y Lucas Scavino. Guión: Ana Fraile, Lucas Scavino y Laura Ruggiero. Fotografía y edición: Lucas Scavino y Ana Fraile. Duración: 73 minutos.