1.- Ambas películas fueron filmadas en 1983. La primera, con justicia la más famosa, la que se ha hecho un lugar en la historia, fue dirigida por John Carpenter; la segunda por Lewis Teague un director formado en la escuela de artes y oficios de Roger Corman. Vistas y revistas Christine se hace cada día más grande, mientras Cujo se acomoda en una aceptable medianía.

Cujo es un perro San Bernardo que, mordido por un murciélago, enferma de rabia y se transforma en un monstruo asesino y compulsivo. Casi todo lo que importa en la película de Teague es la progresiva furia homicida del perro dirigida hacia las dos familias en torno a las que crece la locura del animal. Una es la de su propietario Joe Camber, un rústico mecánico rural que atiende el auto de la otra familia, la de Vic Trenton, su mujer Donna y Tad, el pequeño hijo de ambos; un matrimonio en apariencia armónico pero que está incubando una crisis manifestada por la infidelidad de Donna con un amigo de su esposo.

Se han formado dos triángulos, el representado por la familia del mecánico Camber, su mujer y su hijo (el propietario de Cujo) y la de Vic, Donna y Tad. La perfección de la figura geométrica sufre una doble amenaza, la del amante para los Trenton y la de Cujo para todos. Un sólido hilo de azares y desencuentros lleva a Donna y Tad al precario taller de Camber en donde Cujo -que ya ha matado a Joe y a un amigo- los acorrala y ataca destruyendo progresivamente sus defensas materiales y mordiendo a Donna con sus fauces rabiosas. Este es el mejor tramo de la película. El acoso de la bestia a la madre y el hijo inermes es manejado por Teague con el sentido del ritmo y del suspenso de un thriller que contiene dentro de sí a una historia de horror en donde los elementos de la naturaleza se desbordan y amenazan (la marca de King). El resto en cambio, los conflictos matrimoniales, la vida cotidiana de ambas parejas, adolece de la liviandad de tantas películas para TV de la época. Lo mismo para los actores, ninguno de los cuales está a la altura de sus personajes. No caeré en el recurso del spoiler para abordar el final. Solo diré que otra vez Teague afloja la mano, entibia la dureza de la novela en la cual el niño Tad muere, obteniendo como resultado que  la tensión se pierda y las múltiples líneas que la historia había abierto se cierren ordenadamente y sin emoción como una formación militar en retirada. La incertidumbre y la oscuridad, santas patronas del mundo de Stephen King, se desvanecen para dejar su lugar a la luz y el confort diurnos. En Castle  Rock no se permiten los finales felices.

2.- Christine es un Carpenter desencadenado. La bestia es aquí una máquina, un auto de mediados de los cincuenta, un ostentoso Plymount de la era de la prosperidad y el derroche. El mal  incrustado dentro de la línea de producción del modelo fordista. Porque Christine es un auto maligno; nace en 1958 y mientras está recibiendo los últimos toques, antes de su salida al mundo, lastima y mata a dos operarios. Hay un hiato de tiempo y estamos en el presente histórico de la película, 1983. Dos adolescentes, el nerd Arnie y su amigo Dennis, encuentran a Christine arrumbado en una granja semi derruida; Arnie se deslumbra y se lleva a Christine para restaurarla. Christine renace como resultado de un acto de amor por parte de su nuevo dueño, amor sin sexo; Arnie como el Dr. Frankenstein y su criatura mecánica. Christine vuelve a la vida con sus poderes malignos intactos dispuesto (¿dispuestx?) a entregarse a su señor. Combustible de amor correspondido, amor posesivo y feroz, amor de bruja. Carpenter filma como si él también se hubiera enamorado de Christine y quisiera encantarla con su arte, travellings velocísimos que terminan en cortes abruptos al borde de la carrocería, planos con cámara fija frente a la cual la máquina se desliza en silencio con toda su bruñida imponencia; el sonido nítido y distinto de la música (baladas y rock de los cincuenta) que brota de la radio cada vez que Christine va a cometer uno de sus crímenes, esos instantes previos en los que todo parece detenerse y la banda de sonido solo registra la armonía de las canciones -que siempre anticipan con una carga de amenaza sombría el horror que se avecina- y los tonos de la fotografía de Donald M. Morgan, que son planos en las acciones diurnas, detallados y profundos en las mayoritarias escenas nocturnas, pero que se iluminan con el brillo artificial de la luz de muchas comedias americanas de los cincuenta cuando aparece Christine.

Aquella luz ya no existe ni existía en los ochenta; Carpenter la recrea con la mediación de Morgan para evocar una época en que la tambaleante inocencia del american way of life todavía no se asumía portadora y transmisora del mal; lo hacen desde otra época, más escéptica, en donde la refulgente sensualidad maligna de Christine ya ha recorrido millones de kilómetros y ha dado el beso de la muerte a millones de enamorados.

3.- En 1983 el mundo recién comenzaba a enterarse de otro renacimiento: el de las epidemias globales. El sida explotaba como una maldición milenaria (en realidad las pestes nunca se habían ido, apenas si afectaban al lado oscuro de la tierra, el de los pobres y marginados; una de las razones del terror y la sorpresa que provocó la aparición del sida fue que se propagó también al mundo próspero entrando por la puerta marginal de los adictos y homosexuales). King escribió Cujo en 1981, en plena crisis alcohólica al punto que años más tarde, ya recuperado, no la recordaba. La novela parece una predicción de la epidemia cercana. Christine es de 1983, el mismo año de su filmación, y es una fábula contemporánea de monstruos diabólicos asolando a los humanos. Ambos monstruos, animales o mecánicos, propagadores de la peste o asesinos metálicos, son caras domésticas y terribles del mal contemporáneo. El mal existe desde siempre, cambia su forma y sus pretextos pero su agente invariablemente es el hombre, por acción u omisión (Cujo no está vacunado contra la rabia, Christine es la materialización del lujo y el derroche indiferentes y/o gestores de la carencia y el dolor ajenos). King y Carpenter saben que el hombre es el Cujo y la Christine del hombre.

Cujo (EUA, 1983), de Lewis Teague, c/Dee Wallace, Daniel Hugh Kelly, Danny Pintauro, 93′.

Christine (EUA, 1983), de John Carpenter, c/Keith Gordon, John Stockwell, Alexandra Paul, 110′.


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