Las primeras cuatro veces que vemos a Yella despertar hay algo que parece dejarse atrás y abrir la puerta hacia algo nuevo. El pueblo en el que vive, la caída de la camioneta desde el puente, su ex esposo que la persigue, el trabajo prometido que no existía; todo desaparece en el sueño de la noche para llevarla a nuevas posibilidades que se cierran cada vez que la vemos nuevamente dormida. Si hay un indicio de que algo se ha desencajado completamente después de lo que ocurre en la última transacción en la que acompaña a Philip, no es el hecho de que vuelva sola, presumiblemente a su pueblo, en taxi: es, por el contrario, que no se puede dormir, sino solamente llorar (ya la hemos visto llorar, en el hotel de Hannover, después de no conseguir el trabajo, aunque allí sí se duerme). No dormir es, en ese punto de la historia, la imposibilidad de que aparezca un futuro superador. Yella está volviendo entonces al punto de partida. Y ese punto de partida no es Wittenberge, sino el momento en que su ex esposo Ben la está llevando a la estación de tren.

Esa escena en el taxi desemboca en el momento en que el último sueño se abre para englobar a todos los anteriores. Pero la diferencia es sustancial: este sueño del que Yella acaba despertando es el real y no abre más puertas sino que las cierra todas de manera definitiva. En todo caso, funciona como el cierre de un mecanismo en el que sueño y realidad se contaminan, se van fusionando en el cuerpo de Yella. El habitual desdoblamiento que puede verse en los personajes femeninos de las películas de Petzold, aquí no adquiere un carácter físico –como en Phoenix– ni una dimensión relacionada con la historia personal –como en Jerichow-, sino que se concentra en el que proporciona el sueño en que se sumerge. La Yella de los primeros minutos de la película, la que aún está en su pueblo y debe soportar el asedio de su ex esposo que no acepta el final de la relación, se desdobla en la que aparece una vez que se sube al tren que la lleva a Hannover. Desplazamiento físico que no le permite tomar la distancia necesaria con el pasado que la atormenta –Ben aparece como fantasma que la acosa una y otra vez-, pero que encuentra en Philip y el trabajo que le ofrece, la posibilidad de evolucionar. El desdoblamiento le proporciona a Yella un sueño en que la felicidad vuelve a ser posible hasta que su intento de resolver los problemas de los hombres –primero, con el dinero que quiere enviarle a Ben; después, con el extra que quiere quitarle al dueño de la empresa mediante una extorsión- lo termina arruinando todo.

Lo interesante es que ese desdoblamiento entre sueño y realidad tiene algunas características peculiares. La primera es la realimentación que se produce entre uno y otro, como si formaran parte de un mismo ciclo que solo puede tender a repetirse –la bancarrota de Ben replicada en el trabajo que pierde Philip; la frase de Philip en el hotel que es la misma que Ben le ha dicho a Yella antes-, nutriéndose en todo caso del pasado para volver a ponerlo en presente –tanto Ben como Philip, por ejemplo, tienen o pretenden una empresa de software-. La segunda, que trabaja sobre un fondo en el que el verosímil se construye a partir del mundo empresarial, es la necesidad de dinero y las posibles quiebras de empresas que quieren salvarse a partir de ideas de riesgo. Y que a la vez, el verosímil está construido a partir de una puesta en escena consciente en la que los gestos y los diálogos se repiten y pueden anticiparse (y allí puede rastrearse la influencia de la relación de Petzold con Harun Farocki, especialmente por los documentales en los que éste analizaba esas conductas corporativas, y más particularmente aún por Nothing ventured/Nicht ohne risiko, de la que Yella parece ser un desprendimiento en formato de ficción).

Ese carácter anticipatorio abre una tercera y última peculiaridad de ese desdoblamiento. Si la escena original del puente puede atisbarse como una anticipación de la que se muestra en el final –con la variante no menor de la ausencia de palabras en Ben y de reacción por parte de Yella-, a lo largo del relato el enrarecimiento de algunas situaciones tiende a que la anticipación funcione como un núcleo que los personajes no intentan explicarse. La mirada entre Yella y la mujer de la casa –que luego sabremos es la esposa del dueño de una de las empresas- apenas aquella baja del tren, funciona como un extrañamiento que solo la repetición posterior puede resolver. De la misma manera funciona la resolución de la situación del dueño de la empresa. Es en esos momentos, en la irrupción de Ben en la habitación del hotel donde está Yella, donde el tono de la película deriva hacia lo pesadillesco. Sin embargo, debe pensarse esa desviación no como un recorte practicado en el realismo de la película, sino como una afirmación que tiende a sostener el camino elegido desde el momento de la caída de la camioneta en el puente. En todo caso, es la introducción de una serie de elementos cuya extrañeza tiene que ver con la percepción del personaje central, lo que produce un posible desfasaje con el entorno en el que se mueve. El ruido del pájaro en los árboles que se repite en diferentes momentos de la historia, el momento en que se cae la copa de agua en la reunión sin que los demás siquiera parezcan notarlo, los ruidos extraños que escucha Yella y que suelen provenir de un espacio que no es el que está ocupando, la visión del cuerpo mojado del dueño de la empresa en medio de la reunión en la que lo esperan, construyen una pesadilla que acerca a Petzold al universo del terror oriental, y más específicamente a Kiyoshi Kurosawa. Pero si en Kurosawa esos fantasmas van desvaneciéndose de a poco, convirtiéndose en sombras o manchas que los personajes aún pueden tocar, aquí son una construcción que se mueve en la cabeza de Yella.

El sueño de Yella, convertido en anticipación posible de lo que puede sucederle, deviene, más que en pesadilla de la que se desea salir, en un destino amargo ante el cual el regreso al punto de partida no puede generar más que inacción. Como en Jerichow, el hombre que ha perdido el amor de su mujer, el que queda afuera de la construcción de esa puesta en escena que apunta hacia el futuro –Ben también queda desplazado de lugar en el sueño de Yella-, no puede hacer otra cosa que apuntar con el auto hacia el agua. Solo que aquí logra que el destino de la mujer quede atado al suyo, arrebatándole hasta el último sueño, hasta la última reacción.

Yella (Alemania, 2007). Guion y dirección: Christian Petzold. Fotografía: Hans Fromm. Música: Stefan Will. Reparto: Nina Hoss, Devid Striesow, Hinnerk Schönemann, Christian Redl, Barbara Auer, Burghart Klaußner, Michael Wittenborn, Peter Benedict, Peter Knaack, Wanja Mues, Joachim Nimtz, Martin Brambach. Duración: 89 minutos. Disponible en Mubi.


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