50676El del título es un epígrafe que podemos leer al comenzar la película. Visto en medio del pasaje invernal simultáneamente oscuro y brillante por la nieve de los Alpes Dolomitas, en donde Italia comienza a precipitarse geográficamente sobre Austria, tal epígrafe parece un deseo utópico. Es 1917, la Primera Guerra está por finalizar y con ella se terminará el Imperio Austrohúngaro, llegará la Revolución Rusa, pero también el fascismo y el nazismo, y en pocos años todo habrá vuelto a repetirse ensanchado en su vocación de horror.

Pero  todo esto es historia futura en la película de Olmi. Lo que importa es este presente de frío y muerte, un grupo de soldados subsistiendo en una trinchera sumergida bajo cuatro metros de nieve. Una tregua en la que un italiano canta parado frente al enemigo canciones populares melancólicas y doloridas; el público, el enemigo austríaco fuera de campo, aplaude y ovaciona al cantor, un momento de paz impropio y pronto interrumpido. Una misión suicida ordenada por burócratas lejanos lleva a la muerte a algunos de los atrincherados, escenas filmadas con un realismo mecánico, casual, pegado a la acción y en apariencia sin dramatismo, primeros planos que se fragmentan hasta evocar, quizá, a Bresson.

En el encierro de la trinchera los hombres que mandan, jóvenes, intelectuales o soldados bisoños, todos muy poco capacitados para la guerra, se plantean dilemas éticos, sufren por los prójimos a su cargo, por la jactancia de la duda que los inutiliza como soldados. Los otros, los que sólo obedecen órdenes y a lo sumo eligen la forma de morir, poseen un saber ligado a su entorno, sujetos de una comunicación panteísta que los liga a los otros, pocos, seres vivos vecinos: una liebre, una rata, un zorro, un abeto que consume su belleza en el fuego de la guerra.

35091Éste, el de abajo, el de los humildes capaces de hablar con árboles y bestias, es el universo de Ermanno Olmi, el católico anárquico, el doblemente recluido, por propia elección desde hace décadas en su rústica zona natal del norte italiano, y por su salud en una silla de ruedas hace veinte años. Desde este encierro orgulloso el octogenario Olmi sigue amenazando con retirarse del cine mientras filma pequeñas y simples obras maestras; los campesinos explotados por el orden feudal de El árbol de los zuecos (su opera omnia) son los mismos que ahora sobreviven en estas trincheras, los que serán enterrados en la nieve y vueltos a buscar en la primavera, cuando el verdor haya florecido de nuevo y los cuerpos sin vida puedan abonar la tierra.

Ermanno Olmi filma para sí, ajeno a toda moda o interés actual, solo y beato. Por eso, ya sea que trate de la primera guerra, de los dilemas de un caballero medieval (El oficio de las armas) o de un intelectual católico que abandona la iglesia y su identidad para buscar entre los humildes una verdad más primitiva (Cien clavos), su cine es del presente, y también intemporal, y nos interpela con la urgencia de lo inmediato.

Torneranno i prati (Italia, 2014), de Ermanno Olmi, c/ Claudio Santamaria, Camillo Grassi, Niccolò Senni , 80´.


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