En la última película de Richard Linklater, Steve Carrell se pone en la piel de Larry, un ex combatiente de Vietnam que acaba de perder a su hijo en un nuevo frente: Irak. Como tiene que ir al encuentro del cuerpo, decide pedirles a dos sus ex compañeros de armas que lo acompañen en esta cruzada. Uno de ellos, Sal (Bryan Cranston), regentea un bar de mala muerte al que Larry llega sin anunciarse. Sal es la clase de tipo magullado por la existencia que ha decido congelar cuestiones muy profundas en hectolitros de alcohol. El otro, Richard (Laurence Fishburne), es reverendo en una pequeña iglesia, sofoca en Dios sus frustraciones, y es hoy la contracara absoluta de lo que fue por aquellos días. Los tres vivieron un hecho traumático en Vietnam que los hace sentir responsables y pone en jaque cierta ética militar que un soldado debe tener, la que supone que la guerra es un conflicto controlado.

Desde tres puntos de vista disímiles y en forma de road movie fúnebre, Linklater pone en juego muchas cuestiones que tienen que ver con las consecuencias, los costos, los dilemas de los actos. En el primer tercio, Linklater filma escenas largas con muchos diálogos (que sabemos que son uno de sus fuertes), casi en clave cotidiana, en las que es muy fácil empatizar con los protagonistas por el uso del humor y la lejanía de todo tipo de solemnidad. De hecho, la expresividad y el humor de los diálogos permite trazar una línea placentera, y hasta reflexiva, sobre los avatares de estos tres tipos a partir de los cuales podría pensarse de todo un país. Linklater pone en cuestión la política exterior de su país, lo ridículo y patético que resulta con la perspectiva ese “demonio” al que fueron a combatir a miles de kilómetros de su tierra. Creo que es Sal el que dice que ahora sus compatriotas van de vacaciones a esas tierras cubiertas de sangre y mierda de jóvenes americanos.

La película comienza a ponerse más espesa cuando llegan al aeropuerto militar y dan con el hijo de Larry en una especie de hangar con cajones distanciados, cubiertos con la bandera de los Estados Unidos y algunos familiares llorando. Las tensiones reales comienzan frente al cajón, ya en medio de toda esa ceremonia ridícula que los militares pretenden poner en escena para justificar las pérdidas y darles un marco de heroísmo. Sin embargo, Linklater decide ir por más y le da lugar a los hechos que llevaron a la muerte del chico, que las Fuerzas Armadas pretenden maquillar de valor y coraje: un compañero del joven les cuenta cómo y por qué murió. Toda esa escena tiñe de ridículo y absurdo todo lo que sucede en la película, en la guerra y el mundo de hoy. A partir de ese momento, deviene la crisis del padre, de sus amigos de todo lo que rodea la leyenda de los Marines. En Washington todo es gris en invierno, casi el mismo tono que toma el relato introspectivo, que se contrae al dejar fuera de campo el hecho bélico en sí, una decisión narrativa precisa. Y también al reflexionar sobre las vidas truncas y las muertes ridículas, al mismo tiempo que sobre los hechos que vivieron los veteranos que hoy los avergüenzan, formando un combo tenue, voluble y ensimismado.

Linklater está en el pelotón de directores americanos que me interesa ver, hay películas que me gustan mucho y otras no tanto. También algunas que nunca vi y que no me interesan, aunque me las encuentre en TV de vez en cuando. Hay algo de su cine que no me resulta cercano, que repelo casi a primera vista. Lo que sí veo es que el progresismo yanqui, aunque venga de tipos jóvenes, tiene muy poco hilo en el carretel. Recuerdo la primera hora muy alentadora de Argo y la debacle con el retrato de los iraníes casi como si fueran animales furiosos y no un país violentado, y un final que reivindica de muchas maneras lo que en un principio cuestionaba. Linklater muerde también el aire divino de la claridad para terminar con sus personajes vestidos de Marines en sepelio del chico. Qué fuerte debe ser ese mandato, y peor aún en el centro de la industria de Hollywood, que ninguno puede quebrarlo. Recuerdo a Bigelow y su magnífica La noche más oscura, poniendo en escena las herramientas cuestionables de su gobierno en Medio Oriente y el asesinato de Bin Laden. Y veo ajustadamente ahí una narración coherente que no teme revelar que nadie es tan malo ni tan bueno como parece. Porque para mí con ese desenlace Linklater sumó una película olvidable ya no desde el punto de vista cinematográfico, aunque no hay demasiado vuelo salvo en algunos momentos, pero sí desde la tremenda retirada del final.

El reencuentro (Last Flag Flying, Estados Unidos/2017). Dirección: Richard Linklater. Guión: Richard Linklater y Darryl Ponicsan. Fotografía: Shane F. Kelly. Edición: Sandra Adair. Elenco: Bryan Cranston, Steve Carell, Laurence Fishburne, J. Quinton Johnson, Deanna Reed-Foster. Duración: 125 minutos.


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