Dreileben_Etwas_Besseres_als_den_Tod_TV-180217826-largeJuan es un enfermero un poco retraído. Trabaja en una clínica en la que lo vemos mirar las cámaras de seguridad un par de veces como las miraría quien no tiene nada mejor que hacer, y bañar mujeres viejas desvalidas que parecen haber sido recogidas de la calle. Está enamorado de la hija de un médico importante de la institución que no parece darle bola y se engancha con una piba muy distinta a la otra. Aquella era rubia y esta es morocha, aquella tiene plata y educación, esta trabaja de camarera y vive al día, ocupándose de su madre y de su hermano menor, aquella es una esfinge y esta un ser humano activo, histérico, deseante, desequilibrado. A la valkiria casi no la vemos y cuando aparece su imagen distante se duplica en un vidrio, la otra se presenta con una banda de motociclistas más exhibicionistas que prepotentes. Juan está entre ambas porque es otro gran personaje entre mundos, de esos que no reconocen su propio deseo porque intuyen que hacerlo es matar las otras vidas posibles y prefieren morir indefinidamente un poco cada día sin escoger definitivamente alguna. Entonces son otros los que eligen por esos personajes y los espectadores nos encontramos ante una de las mejores ficciones acerca de la fatalidad.

Algo mejor que la muerte es una película en la que nada es mejor que la muerte. La red psíquica y social de relaciones erróneas es tan abigarrada que no hay escapatoria. Lo que sería un final feliz en una ficción convencional cualquiera aquí se da vuelta como un guante. La concreción del deseo resulta decepcionante para un protagonista incapaz de aceptar al mundo y a sí mismo tal como son, o inválido para hacerlo. La falta de una figura paterna es tan central que el objeto de su elección final va en esa dirección. La presencia anecdótica de un asesino que acaba de fugarse sobrevuela como una fuerza terrible cuyos efectos nunca vemos por completo. Todo se vuelve tan opresivo en el orden saludable de la legalidad que la potencial irrupción criminal de aquel funciona menos como una amenaza que como una esperanza. Ese fuera de campo parece configurarse como aquello extraordinario – ¿el Apocalipsis o la revolución? – cuya venida pudiera airear esa asfixia, pero cuando acontece lo hace parcialmente, sin facilitarnos la catarsis a través del goce que la violencia irracional latente podría ocasionar, y se revela deudora de una estricta lógica de poder socioeconómica. El mito no viene nunca en nuestro auxilio, ya sea en la forma antropológica del pensamiento mágico o en la forma discursiva de los géneros, de modo que nos vemos arrojados a un mundo desencantado en el que nos espera imperturbable el éxito.


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