Atención: (se develan detalles de la trama)

Quizá Adolfo Aristarain ni conozca la fábula de Esopo para referir al botín completo; es frase de dominio popular y con su sentido alcanza. Pero la denominación fabulesca tanto en aquel 1978 cuando La parte del león se estrenó, como hoy día, dispara la pregunta que para muchos- tristemente- es una afirmación que parece ir de suyo: ¿Todos queremos la parte del león? La respuesta está en la construcción de personajes en esta, su primera película.

El vasco organiza una galería de personajes en torno a la pregunta. El eje central es el que va ganando intensidad en su descenso gradual a la condición del más miserable de todos. Su crescendo dramático es un derrotero: se hunde desde su desesperación por “salvarse”, tópico bien del policial negro que es esta primera película de uno de los grandes moralistas clásicos del país. El que refiere, alude, cita directores norteamericanos porque desde ahí piensa su cine, concibe sus imágenes desde esa métrica, su lugar en el mundo. De hecho, los agradecimientos sobre los créditos finales son a la Warner Bros, a Michael Curtiz, Henry Hathaway, Howard Hawks, Alfred Hitchcock, Fritz Lang (alemán que terminó recalando en Hollywood), Jacques Tourneur (Francés con el mismo destino), Mervin Le Roy, Nicolas Ray, Joseph von Sternberg, Raoul Walsh y John Ford “…sin cuya colaboración no hubiera sido posible escribir esta historia”, reza la despedida del material a la vez que se van extinguiendo los acordes melancólicos de Anibal Gruart y Jorge Navarro. Porque la película derrama melancolía, nostalgia. Por el mundo perdido, el Paraíso tan anhelado como imposible. Ese centro de la historia que es Bruno Di Toro pertenece a esa galería de perdedores que se piensa merecedor de un Destino acorde a su supuesta genialidad. Como le dice Silvia, su ex esposa: “Siempre quisiste ser el número uno”. No acepta otro puesto. Esa vara inalcanzable es su tragedia. No se permite ser uno más entre los mortales. Su éxito debe estar dado: se lo merece.

El policial negro anglosajón esta plagado de estas tragedias. Lo que varía es la relación de los personajes con eso inalcanzable, hasta donde están dispuestos a llegar. En este sentido, contrariamente a un camino del héroe, lo de Bruno es un descenso progresivo hacia algo peor que la cárcel, peor que la muerte: el destierro.

Como suele ocurrir, aparecen en su camino personajes satélite como señales de que otro camino es posible, y otros (los menos) que quizá le confirman que es por ahí, que no se equivoca. No es liviana la carga de un oficinista frustrado que encuentra la fortuna de un robo escondida en la chimenea de la pensión donde vive sus días de recientemente separado. “Cuanta guita…” exclama suavemente, sin poder creer todo lo que ahora tiene desparramado sobre su cama: la parte del león. Momento epifánico para él. Uno de los pocos en que el genial Julio De Grazia afloja el gesto adusto que caracteriza al monstruo creciente que va construyendo con el director. Gestualidad que merece sublimes primeros planos que van desnudando su miseria.

Uno de los personajes positivos es el de Luisa, prostituta mezcla de simpleza, experiencia y nobleza. Pareja de Mario, mozo de cuadra del hipódromo y amigo de Bruno, de contactos con reducidores que pueden cambiar ese botín de billetes numerados. Es Luisa quien le cuenta al protagonista un tramo de una película que recuerda. Refiere a la amistad entre un periodista y un boxeador, que conduce a este último a creer mentiras que aquel le dice a la esposa, asimilandose como verdades propias, “… porque es su amigo…”, dice una fresca Luisina Brando. Sin que Luisa tenga la menor idea, está citando la comedia de Vincente Minnelli Mi desconfiada esposa, de 1957: el vasco, ya desde sus comienzos, no puede con su genio. Aunque el insert de este pequeño relato por parte de ella es hablarle a Bruno de la fidelidad entre amigos, mientras lo mira a los ojos. Lo que podría leer como señal el personaje termina funcionando como anticipo del final trágico de Mario, producto de la traición. Quizá el primer plano más demoledor de la película sea el que refleja la desesperación de Arturo Maly baleado en el piso del estacionamiento de autos donde el abandono por parte de Bruno Di Toro lo deja a merced de la muerte definitiva. Por eso mismo es Luisa la encargada de la sentencia verbal que cierra la película, otra vez mirando a ese miserable que ahora quedó completamente desnudo en su esencia: “… sos un pobre tipo”.

La parte del león como posibilidad real, para Aristarain es una trampa. Por ello, la respuesta del director a si todos la ambicionamos es la presentación de este catálogo de reacciones diferentes frente a una cantidad jamás soñada. La guita. Toda. La que ni entra en la cabeza de los mortales. Inevitable para los ambiciosos del toco no pensar en emigrar: el Paraíso Perdido se recuperaría. Al Norte o a Madrid, como piensa el Nene; asesino de semblante angelical del Julio Chavez pos No toquen a la Nena (Juan José Jusid, 1976). Mucho menos Larsen, cómplice y a la vez contrafigura de aquel. Química perfecta del dúo que se completa con el actor que construyó grandes antihéroes en su vida cinematográfica: Ulises Dumont. Larsen es un ladrón a contramano, nada criminal y genuinamente empático con la hija adolescente del protagonista. Genial construcción del dúo que afana y esconde lo afanado en una chimenea a metros de la habitación de Bruno Di Toro, quien se asoma por la ventana en el momento justo.

Desde que se hace del botín, este le quema cada vez más. Quiere recuperar a su familia con el plan de un cambio total para todos. Pero su todavía esposa Silvia, consciente de la ilegalidad del acto y sobre todo del peligro, rechaza la propuesta y le pide volver a la vida en común, acto con el que intenta rescatar lo noble que pudo existir en él y que está cada vez más lejos. Por supuesto, fracasa. Es en la clausura de esa escena, con el plano general que exhibe el cuerpo de un Bruno que se queda solo mientras la actriz Fernanda Mistral se pierde en la profundidad de campo, que se da a percibir el frío. No solo el frío de la estación del año, sino el de la orfandad. Se transmite frío en La parte del león, frío de esta pequeña historia y sobre todo de aquel invierno que fue la dictadura, la que Aristarain siempre piensa a través de sus imágenes.

Porque este disparador de su carrera si bien se estructura desde el género anglosajón que es el policial negro, envuelve una historia bien argentina marcada por aquel entorno hostil, estrenada precisamente el mismo año de la siniestra instantánea del Mundial 78. Y es precisamente con el fútbol que arranca La parte del león. De la radio que se escucha en un estacionamiento de autos, un relator narra un triunfo de Racing. Nada casualmente, el vasco es de la Academia, o sea que se dio un gustito. Dos gustitos: el cuidador del estacionamiento es asesinado por el Nene… por ser de River. Y el clásico Racing-River es considerado el más antiguo. El arte es el lugar donde lo prohibido está permitido, y en este pequeño chiste el pillo del director le encarga el trabajo sucio a su personaje.

Y como entorno visiblemente local tenemos la base de operaciones de Mario, el hipódromo. Escenario recurrente en el cine – como en Casta de malditos (Stanley Kubrick, 1956) o Pickpocket (Robert Bresson, 1959) -, pero este es el de Palermo, con un historial bien local y especialmente porteño. O como escenario central tipico del que se quiere salvar, la agencia de quiniela a la que Bruno le pide apostar fiado, encontrando la negativa. Escena tan breve como suficientemente dura, que forma parte de los escenarios de su errancia antes del hallazgo de la guita. Lo vemos transitar por bares nocturnos, la Estación Constitución y la calle como espacio a la nada. Así, su noche se presenta demoledora desde la antipostal de Horacio Maira, director de fotografía. Y que llega al cenit en los claroscuros de la escena final, con la condena del miserable a ser el más solo del mundo.

Broche de los mejores, aún con los condicionamientos del censor Miguel Paulino Tato, quien no pudo evitar que La parte del León se constituya en reflejo de los mundos privados de una época en que el individualismo – que hoy día ya no solo no se oculta sino que se enarbola – se presente como resultado de una cultura de la miserabilidad.

La parte del león (Argentina, 1978). Guion y dirección: Adolfo Aristarain. Fotografía: Horacio Maira. Edición: Miguel Pérez. Elenco: Júlio De Grazia, Fernanda Mistral, Luisina Brando, Ulises Dumont, Julio Chavez, Arturo Maly, Cecilia Padilla, Osvaldo Terranova, Beba Bidart. Duración: 85 minutos

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