12096536_10153560610757626_6866430621036821263_nSuperpibes. Ya estaba bastante de vuelta Nicolino Locche en aquella pelea que recuerdo haber visto de pibe. No era la del 68 con Paul Fuji, era mucho más avanzados los ‘70 y Nicolino estaba más bien gordo y al borde del retiro. Pero me quedó hasta el día de hoy la imagen del tipo esquivando golpes y con los dos brazos colgando como si fuera un simio, con la guardia suicidamente baja. Yo no conocía nada del box más que el fenómeno Monzón que recién empezaba su largo reinado, ni tampoco del entonces todavía llamado Cassius Clay, otro que parecía que iba al ring no a matar o morir sino a divertir. Como no sabía un carajo de ningún deporte (hoy tampoco), verlo a Locche era un programa divertido, casi circense, y no tenía forma de distinguir eso de Titanes en el ring (Canal 9, 1962-2001), que en la menguada programación televisiva blanco y negro era una fija que, por suerte, contaba con la anuencia de los viejos. O Colosos de la lucha (Canal 2), otra de las opciones alternativas, aunque la original era la troupe de Martín Karadagián.

Pero claro: más que un estilo, un récord, una forma de pararse o una forma de ponerse en defensa o largar los brazos, para un niño era muchísimo más interesante ver los cuerpos pegar giros indescriptibles y caer en forma aparatosa, cuando no directamente volar fuera del ring. Y, como ocurría cuando íbamos al cine, creer todavía que esas caídas, que esas tiradas de pelo, que esas tomas que tuercen brazos y piernas, dolían en serio y tenían consecuencias duraderas. Alguna vez nos íbamos a dar cuenta, como lamentablemente sucedió con todo lo que idealizábamos, y también caerían dentro de ese paquete las tarde-noches de forzudos caracterizados de personajes del cine, la tele y hasta los dibujos animados. No estaba lejos de todo esto el también por entonces monocromático Batman y las clásicas peleas con onomatopeyas sobreimpresas. Era ir al circo una vez por semana, con lo importante que era el circo como espectáculo integral en los 60 y 70. No era el boxeo, era el catch.

Cuadriláteros y patios. “Vos me prestás tu cuerpo y yo te presto el mío y nos lucimos los dos”, dice uno de los veteranos ídolos entrevistados en Agárrese como pueda. Qué dicen los cuerpos al volar, título que implica una definición del catch en tanto un espectáculo integral que amalgama actuación, destreza, precisión y puesta en escena. Tal comentario, que podría endilgarse a una porno, es casi una declaración de principios, de compromiso y lealtad entre dos rivales casi a nivel samurai. El documental es un exhaustivo buceo en los orígenes del catch en la zona portuaria de la Capital Federal y en su posterior auge a través de los citados programas televisivos y tantos más hasta los tiempos de 100% Lucha, y abreva en el off dramático, se apoya en metraje de archivo, en el tango como soundtrack de rigor, en los cafés de la gran urbe, y termina casi siempre en los gimnasios y, mayormente, en los patios de barrio donde, por ejemplo, un veterano de la especie dice, mientras aplica unas cuantas llaves en un fornido discípulo, “¿Cuál es la mentira de esto?”, dando a entender otra cara de la supuesta ficción del rigor de la pelea. “Esto no es una coreografía, esto es un oficio”, aclarará otro. Pero en otro patio es donde se desarrolla la parte más jugosa y divertida de este documental, aunque casi todo el ágil metraje lo es: allí espera Sarkis Tchirichian, una suerte de mezcla de Papá Noel y José Larralde que participó en el Luna Park en el “Desafío de la barba” que concluyó con su contrincante, Karadagián, afeitándolo en el centro del ring. Mientras se hace el asado, sentado con la patrona al lado, festeja –como todos los colegas entrevistados- cada anécdota contada con pormenores, hasta puntualizar cada músculo arruinado: “yo, cuando preguntan, les digo que es el alma…. el almanaque”. Dan ganas de quedarse con ellos, equipo y entrevistado: ese asado debe haber estado en el making of. Ojalá.

KaradagianvsGaticaBuenos malos y malos buenos. El nudo central de la historia termina siendo el legendario, pequeño pero gigante, feroz duende armenio: “Karadagián era sobre todo un histriónico”, lo define Luis Borges, bautizado Mercenario Joe por el mismo Martín luego de ver Los Mercenarios (Dark of the Sun), de Jack Cardiff, y uno de los símbolos de Titanes en el Ring. Lo mandó a verla una y otra vez y a caracterizarse como tal para un nuevo personaje. “Como malo era formidable”, enfatiza el desaparecido Rubén “Ancho” Peucelle, una suerte de Robert Shaw con sobredosis de fisicoculturismo que es otro de los puntales de la narración del documental de Javier Romero, Nicolás Bratosevich y Claudio Celada. En Titanes… Peucelle era el más bueno, querido y criollo de todos, el local en un universo de marcianos, gitanos, tanos, momias, payasos, superpibes, caballeros rojos y panteras. “No le quedaba otra que ser malo, era bajito, gordito, el pelo blanco y la barba negra… parecía un dibujo de Oski”, grafica Peucelle sobre su patrón, y agrega que él también pudo sacarse el gusto de ser un personaje malo: encarnó a la Momia Negra, uno de los más pérfidos y enigmáticos del plantel. De hecho, el mismísimo Karadagián era una simbiosis de bueno y malo, lo vivaban todos en la platea y era con justicia el ídolo máximo, pero en el ring era un verdadero tramposo, me acuerdo que para mí era un viejo hijo de puta y no entendía cómo lo podían querer tanto. Un logrado contraste. “Karadagian hasta dirigía las cámaras, todo. Y las peleas duraban poquito, dos o tres minutos y vía”, informa Peucelle, redondeando todo un paquete donde confluía ante todo el ritmo ágil que tantos años después le exigimos a todo, en un zapping surfing que excede la maltratada televisión. Martín lo sabía.

“(Karadagián) era un tipo fuerte, súper fuerte… ¿necesitás más carbón, negro?”, dice Tchirichian al fuera de campo sin perder de vista el hilo ni de su relato ni del asado. “¿Vos sabés cómo rompía Sarkis las guías telefónicas?” desafía orgullosa «la doña», desatando una seguidilla de anécdotas familiares. Entre recuerdos de tiempos de oro, algunos más viejos y cansados que otros, buenos y malos, tanto Karadagian como cada uno de sus discípulos que crearon símbolos de superheroes del catch tuvieron historias difíciles que también suman como contracara testimonial al generalmente entusiasmado y minucioso recuerdo de tiempos de oro, convirtiendo a este documental en un rescate nostálgico con valor histórico, pero reivindicándolo a la vez desde su trayecto original hasta sus continuadores de estos años.

Agárrese como pueda. Qué dicen los cuerpos al caer (Argentina, 2015), de Nicolás Bratosevich, Claudio Celada y Javier Romero.


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