Atención: Se relevan detalles del argumento.

Generar buen clima, tener previsión de futuro, brindar salud y cuidado, ser un oído que escucha, tener la habilidad de adaptarse, comprender hasta a los animales, mostrarse fuerte. Sin fallas, pura perfección. Todo eso tuvo que hacer la abuela Alma (María Cecilia Botero) cuando murió Pedro, su esposo, en un sacrificio que la salvó a ella, a sus bebés y al pueblo entero. Los dones, milagrosos, mágicos, son una responsabilidad, incluso una carga. Como arquetipos, cada uno de los miembros de la familia es una parte de la abuela, y así lo comprende ella. Son aspectos, brazos, tentáculos que hacen por ella lo que ella no puede por sí sola. La abuela lleva la vela, llama débil de un poder construido desde el dolor y la pérdida, desde el temor a que todo esto se caiga, a que se desvanezca, a que se acabe con un soplido. Es cuidado, en ambos sentidos, el de protección, y el de alerta. ¿Y Mirabel? Mirabel (Stephanie Beatriz), la nieta que no recibió ningún don, es ese temor, es ese saberse sin poder. Por eso Mirabel es marginalizada. Esa montaña que se levantó cuando se creó El Encanto -que es el nombre del lugar y del milagro también- es la que puso dentro de sí para con el exterior. Mirabel es su propia humanidad, negada. “Quizá tu poder sea la negación” le dice una nena del pueblo a Mirabel y, la verdad, en cierta forma, tiene razón.

Mirabel es la sombra de su abuela, porque ahí es donde habita, donde se la escondió, desde donde siempre observó a todos. Se considera especial por ser parte de una familia especial, pero también se sabe excluida de ellos. La abuela se siente así respecto a su propia familia porque el milagro está a su cuidado. Pero ella sabe que no lo causó ella, que es algo que le dieron, una carga, un deber. Lo que lo causó, en realidad, fue el sacrificio de Pedro. Eso le dio el apellido y el status frente a los demás. Además, le dejó tres chicos a su cuidado, junto con todo un pueblo que demanda -por ser Madrigal- una sacerdotisa, una líder y proveedora. El Encanto entero está sobre sus hombros, y así es con todo Madrigal. Pero en ella también hay algo del síndrome del impostor y un poco de culpa del sobreviviente. Hay inseguridad, fragilidad. Y las grietas se empiezan a ver. Grietas que muestran debilidad, como le pasa a Luisa (Jessica Darrow). Una presión que no deja, para la expresión personal, la posibilidad del error, como le sucede a Isabela (Diane Guerrero). Todo frío, todo calculado. Ya al día siguiente en el que Antonio (Ravi Cabot-Conyers), el más chico de la casa, recibe su don, el de hablar con los animales, la abuela se pone a pensar en qué puede serle útil a la comunidad. Pero es probable que la abuela ni siquiera haya tenido la habilidad de darle el don, en primera instancia, porque perdió de vista lo importante, porque la vela se está apagando, porque el Encanto la niega, o porque será necesario un pronto reemplazo. Quizá sean todas las causas a la vez.

Antonio estaba aterrado con el ritual, con su propia abuela. Solo Mirabel pudo calmarlo, humanizar la situación solo acompañándolo, con su propio sufrimiento a cuestas. Con toda su exclusión encima lo lleva hasta a la puerta, y la casa se llena de animales que le hablan, una habitación nueva, una selva que se vuelve fiesta para todos. Menos para Mirabel, que sueña con un milagro, con mover montañas, con ser vista con humanidad, sin rechazo. Pero obtiene una visión, una verdad: grietas, que nadie más ve. Todos, presionados, oprimidos, niegan sus propios problemas y la sola idea de la comunidad se vuelve espantosa, más allá de ser una obligación impuesta por la matriarca. Tal es la imposición que todos se apellidan Madrigal, incluso Félix (Mauro Castillo) y Agustín (Wilmer Valderrama), los maridos de sus hijas, incluso los nietos (Camilo, Dolores, Antonio, Isabela, Luisa y Mirabel llevan el apellido materno). Así pesa el fantasma del abuelo, que hay quien piensa que podría ser la propia casita.

En el transcurso de la película solo vemos a una persona comunicarse con la casa que no sea la abuela, y esa es Mirabel. Mirabel incomoda a la abuela porque es, para ella, su debilidad, sí, pero también es la más clara sucesora. Como la villana de melodrama que es -un tipo particular de matrona-, ese lugar lo va a defender con uñas y dientes:“No hay que olvidarlo, la abuela lleva el show”. Pero la abuela no solo vive en el pasado. La abuela es el pasado. Con todo su trauma, con toda la responsabilidad, con toda la tradición, con todo el temor de lo vivido, de haber perdido ya un hogar, de haber perdido a su esposo. Pero ese pasado, esa idea de cuidado, negó el futuro. Por eso no se habla de ese hijo, el que podía ver el futuro. Porque es todo tragedia, porque el pasado lo tiñe todo. Por eso los dones son importantes, por eso Isabela debe reproducirse -sí, en esos términos- con Mariano, un Guzmán, que va a dejar de ser Guzmán, que se va a pasar a llamar Madrigal. Porque el apellido, la vela, el encanto, todo debe perdurar. Nada debe perderse. Y Mirabel, que pregunta por Bruno (John Leguizamo), sabe que de Bruno no se habla. Porque la profecía es ambigua, porque la casa se rompe y se vuelve a armar y se vuelve a romper, y es todo culpa de Mirabel, que ve las grietas, y esas grietas no existen, porque Bruno, detrás de las paredes, las tapa. Bruno es la vergüenza de la familia, y Mirabel -a los ojos de la abuela, pero todos en el pueblo ven a través de esos ojos- va en esa dirección. Como Bruno, Mirabel está dispuesta a abandonar la familia si sabe que la perjudica. Mirabel está dispuesta, también, a cargar la cruz de ser la vergüenza de la familia si eso fortalece la vela, el milagro.

Pero esa vela tiene que apagarse, no queda otra.

Cuando la vela arde más, no es porque Isabela y Mirabel se abrazan, es porque Isabela es libre del yugo de su abuela gracias a que pelearon, porque la discusión, la confrontación, es la única forma de antítesis y de síntesis. Luisa sintió la debilidad no como un castigo, sino como una liberación, un contraste, una posibilidad. Cuando la abuela culpa a Mirabel por todo lo que está mal en la familia, mientras Mirabel la culpa a ella, la casa se derrumba y la vela se apaga, porque es lo que ella se dijo siempre a sí misma. Pero también porque las familias tienen que discutir, estar en desacuerdo para entenderse. Mirabel le dice a su abuela lo que siempre temió que le dijeran: sí. Por eso la casa se derrumba y la vela se apaga, y por eso ya nadie tiene poderes. El huracán fantasmático tan temido se lleva puesto todo. La casita, con su último aliento, salva a Mirabel. La llama ya no arde, todo es polvo y escombros.

Pero cuando nadie encuentra a Mirabel por ningún lado, la abuela sabe a dónde ir. A donde nunca se había atrevido a volver. Al río donde mataron al abuelo Pedro. Esa historia, que siempre contó como el triunfo del nacimiento de los poderosos, maravillosos, mágicos Madrigal, era una historia de dolor, de sufrimiento. Las montañas taparon ese lugar, y el fin del Encanto lo puso al descubierto. Y Mirabel sigue llorando porque piensa que destruyó a la familia. Pero no. Y acá ocurre el momento mágico en el que la abuela le pide perdón. En el que entiende lo que hizo, porque alguien se lo dijo, su propia sombra. Aun así la abuela también está equivocada. En su viaje por salvar el milagro, donde dejó de maravillarse con los dones de sus familiares como una suerte de fan, distante, envidiosa, Mirabel aprendió a comprender la humanidad de los demás. Con números musicales de por medio, lo entiende -la entiende a su abuela- desde otro lugar.

“Las estrellas no brillan, arden. Las constelaciones cambian”.

Mirabel ve más allá de la culpa, del temor, y ve el dolor de la abuela. No le interesa culparla ya, ni culparse a sí misma, que es casi lo mismo. La abuela es aceptada por Mirabel en el ejercicio inverso, mostrándole a ella misma todo lo que sí logró: la conformación de la familia misma, todo lo que ardió por los demás, lo valiente que fue, que es. Le abrió los ojos y le mostró a ella misma, no rota sino completa. Toda ella. El futuro acepta el pasado, no lo niega, no lo condena, lo mira desde un ángulo nuevo. De todos los ángulos, completa. Así, el cuidado y la adoración se convierten en cariño y comprensión. Y ahí llega Bruno, en un caballo blanco, y la abuela lo abraza, por fin. Que venga lo que tenga que venir. Los trillizos vuelven a estar juntos. El pueblo es quien ahora los ayuda, la casa se construye, los de afuera pueden entrar, todos son familia, y son bienvenidos. Mirabel está completa, su subjetividad escindida, esa grieta interior se cierra cuando los hermanos, pasado, presente y futuro, se juntan. Se abre la puerta. La magia vuelve, Mirabel es la nueva a cargo de la casa.

El futuro no está escrito, y por eso mismo luce prometedor.

Calificación: 9/10

Encanto (EUA; 2021). Guion y dirección: Jared Bush; Byron Howard; Charise Castro Smith. Fotografía: Alessandro Jacomini; Daniel Rice; Nathan Warner. Edición: Jeremy Milton. Elenco: Stephanie Beatriz (voz); María Cecilia Botero (voz); John Leguizamo (voz). Duración: 102 minutos.


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