Que Visages Villages fuera candidata a mejor documental en los últimos premios Oscar y perdiera a manos de un documental producido por Netflix tal vez sea el mejor indicio de que merece ser vista.

Sabemos bien quién es Agnès Varda: a sus 89 años es llamada la abuela de la Nouvelle Vague, con decenas de películas en su filmografía y con una incansable impronta feminista. No ocurre lo mismo con JR el co-director de la película: es casi un desconocido, de hecho, es prácticamente una incógnita su identidad. Todo lo que sabemos de él es que es un joven artista callejero, que se hizo conocido realizando fotografías a gran escala y pegándolas a lo largo de todo el mundo, en espacios públicos. Y es precisamente Visages Villages la que asume esa propuesta: pegar fotografías de caras de gente común en diferentes lugares de Francia. Dicho así parece muy simple, pero pese a ser una propuesta simple el resultado es fascinante.

La película es dirigida, escrita y comentada por Agnès y JR; ambos, además, ponen el cuerpo en cada momento, son los únicos responsables de todo lo que vamos a ver, y es por eso que es interesante saber cómo se reunieron estas personalidades, a priori, tan disimiles. Desde los primeros planos vemos una serie de contrastes entre Agnès y JR, ambos se llevan más de 50 años, se mueven con diferentes velocidades, tienen estilos de vida completamente diferentes. Ella trabaja sola desde su casa -que parece la casa de una abuelita-, mientras que él tienen un estudio moderno donde trabaja rodeado de varios colaboradores. Sin embargo, a lo largo del relato vamos a ver que poseen más cosas en común de las que podemos imaginar.

La película arranca mostrando, de una manera interesante, cómo se encontraron. En lugar de partir de la pregunta «¿Cómo nos conocimos?», se define por la negativa: «no nos conocimos en…. una carretera, un café, una parada de colectivo». El encuentro entre ellos se da a partir del arte. Ella es una leyenda del cine francés, el un artista visual callejero; él la vio en cine y no puede olvidar sus imágenes, ella lo conoció a partir de una de sus impactantes intervenciones que se deja ver desde el tren y que tampoco puede olvidar. Entendemos, entonces, que la pasión por el arte, los desafíos, la curiosidad, el espíritu aventurero y audaz es el nexo los une. Dicen: “haremos una película juntos, juntos pero no revueltos”, y así evidencian la importancia de comprender las ideas y formas de trabajo de cada uno, la admiración y el respeto mutuo.

Visages Villages es un documental, aunque también se ajusta a la categoría de road movie. Varda y JR, montados en un camión completamente equipado para imprimir fotografías a gran escala, emprenden un viaje por los pueblos rurales de Francia, por pueblos fantasma, y por zonas portuarias. Este viaje, que llevó casi un año y medio, lo encaran de la mano del azar, sin una hoja de ruta determinada; en palabras de Varda, el azar resultó ser siempre su mejor aliado. La intención no es más que estar en contacto con la gente, escuchar lo que tienen para decir o callar, conocer lo extraordinario dentro de lo cotidiano. El relato se va cargando poco a poco de historias y más historias, de personas de trabajo, de su lucha, de amor, de perseverancia, de recuerdos. Como excusa para estos encuentros se toman fotografías que inmortalizan el momento y que son colocadas en grandes fachadas a la vista de todo el pueblo, revolucionado ante la llegada de los artistas. El objetivo principal de la película es dar a conocer caras, pueblos e historias de gente común, y qué mejor que la fotografía -que posee esa capacidad de captar un instante efímero y eternizarlo- para llevar adelante dicha tarea.

Sin embargo, en relación a esto, la película que se encarga de exponer los contrastes entre lo efímero y lo permanente. Si bien la fotografía posee la capacidad de perpetuar la imagen, la misma puede ser terriblemente fugaz frente a fuerzas tan inquebrantables como el mar. Esto queda representado en el segmento en el que Agnès y JR buscan inmortalizar una imagen -tomada por Varda hace varias décadas-, en un “bunker” desplomado sobre las desiertas playas de Normandía: la imagen se evapora por completo ante la primera subida de la marea. En este segmento se unen las trayectorias de sus dos realizadores: cada uno transitó por esa playa en un momento preciso de su vida, él la recorría en motocicleta, ella había realizado fotografías allí junto a un amigo en su juventud, a ambos ese lugar los convoca emocionalmente.

La transición entre los diferentes testimonios que completan la película se da a través de los bellos paisajes que atraviesan durante el viaje. La narración avanza constantemente, saltando de un lugar a otro, y muchas veces no sabemos en qué recóndito lugar de Francia estamos. El film también destina un espacio para mostrar algo de la vida intima de sus creadores, a Agnès en la calidez de su cocina mientras acaricia a su gato y a JR en reunión con su abuela centenaria. Es a partir de esos momentos de intimidad que la película estimula la reflexión sobre temas muchas veces considerados tabúes como la vejez y la muerte. No se refleja a la muerte como algo aterrador u horrible sino como “algo más”. Vemos la belleza de rostros arrugados y ajados, la propia Varda muestra el deterioro de su cuerpo, sus pies y su vista, afrontándolo con sabiduría y sin temor, como algo propio y lógico de la vida.

El sello personal de Agnès Varda aparece en el momento en el que, frente a un universo masculino como es la población de los trabajadores portuarios, busca mostrar y dar voz a quienes no aparecen a simple vista: las mujeres. Las convoca con el propósito de darles un lugar, convertirlas en protagonistas y conocer sus ideas. Es así que propone retratarlas como grandes y fuertes tótems erguidas en medio de un mundo repleto de hombres.

El ritmo de la película es acompañado por delicados acordes, la música realizada especialmente para la película por Matthieu Chédid acompaña perfectamente los climas con cuerdas y piano. Tiene la virtud de aparecer en los momentos precisos, intensificando las situaciones, aunque no de manera sobrecargada o empalagosa, lo que resulta un acierto.

Es posible ver el interés por la exploración artística y la interacción entre diferentes artes como la fotografía y el cine. La importancia de la fotografía es primordial, las imágenes resultan ser composiciones exquisitas, ningún detalle dentro del plano queda librado al azar, en cada cuadro se nota detrás el ojo de verdaderos profesionales de la imagen. Un particularidad más sobre el trabajo con las fotos es que para los fabulosos collages no solo se utilizan fotografías tomadas durante los encuentros sino que en algunas oportunidades se utilizan fotos y postales antiguas, atesoradas los pobladores y por la propia Agnès Varda, quien pone a disposición su archivo personal para realizar algún que otro collage.

Es por todo esto que Visages Villages no cae en lugares comunes, se aleja del típico documental aburrido en el que el realizador sale a entrevistar gente en torno a un tema. Acá hay una real voluntad artística. En la mezcla de humor, calidez, franqueza y compromiso reside su belleza. La premisa de los realizadores es la curiosidad y la aventura, eso es lo que dota a esta película de un fresco espíritu poético. Hacia el final, los realizadores lo explican muy claramente, su deseo es estimular el poder de la creatividad, tener la posibilidad de imaginar cosas, de conocer gente increíble, de compartir –estar- con esa gente, dar a conocer a esa gente, y jugar… y si lo que hacen gusta o sorprende mejor.
Bonus track: sobre el final, la leyenda de la Nouvelle Vague nos guarda una sorpresa, una última visita enigmática, con un desenlace inesperado.

Visages Village (Francia, 2017). Dirección, guion y comentarios: Agnès Varda y JR. Música: Mathieu Chedid. Montaje: Maxime Pozzi Garcia. Producción: Rosalie Varda. Duración: 93 minutos.


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