ASSAULT-ON-PRECINCT-13-1976-poster1. Un obrero ilegal descubre dentro de una iglesia tercermundista varias cajas con unos anteojos de sol que, a lo largo de la película, le permitirán diferenciar a los ciudadanos comunes de un grupo de extraterrestres que dominan la tierra. La subjetiva del protagonista, un prototípico héroe de western, va de los colores estridentes de los ochenta a un blanco y negro que remite a la ciencia ficción de los ’50. Para hablar de la invasión del capitalismo, los alienígenas de They Live resultan ser nada más ni nada menos que empresarios o ejecutivos neoliberales, y de esta manera trastoca la lógica clásica del género: la amenaza externa pasa a ser interna. La pesadilla del buen ciudadano “americano” a un ataque soviético como se representaba en las sci-fi de los ’50, es ahora el malestar de una clase empobrecida ante un capitalismo voraz que avanza con topadoras, cachiporras y balaceras. Si bien They Live es la obra más directamente política de John Carpenter, es también aquella que representa el discurso implícito de toda o gran parte de su filmografía. Carpenter obliga a partir la mirada frente al género para descubrir un discurso políticamente insurrecto.

2. Los monstruos de Carpenter, aunque no tengan orígenes humanos, suelen encontrarse ya instalados en nuestro hábitat y tienen la capacidad de moverse entre nosotros sin ser percibidos fácilmente. El poder irreconocible, fluctuante y metafísico del mal en su cine convierte al héroe en el síntoma estéril, disconforme y a veces suicida de los desposeídos sociales. Surgen de las sombras y se reproducen de forma incomprensible los subversivos que rodean la comisaría de Asalto al precinto 13 y de la misma manera cercan una vieja iglesia los linyeras liderados por Alice Cooper en El príncipe de las tinieblas. El terror será producto de un poder superior representado, generalmente, por las instituciones dominantes mientras que por debajo de ellas se libra una guerra de ‘hermanos contra hermanos’. Comunidades enteras se enfrentarán bajo la prestidigitación de quienes, de alguna manera, se verán beneficiados con el correr de la sangre. El bien contra el mal será el leitmotiv primordial de la obra de Carpenter, pero sin la dialéctica habitual clásica. La ambigüedad moral de sus protagonistas enriquece la identificación con el público que podrá ver reflejadas en ellos sus imperfecciones más humanas, sus dudas y contradicciones. Es esto mismo, más todo lo que podamos mencionar de su cine en un aspecto formal y retórico, lo que ha convertido a Carpenter en un director de culto y en un paria de la industria.

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3. Su universo es apocalíptico y desesperante porque no nos deja más certezas que la del surgimiento irreversible del fin (sea de la índole que sea: la pérdida de la fe en El príncipe de las tinieblas, de la inocencia en Christine, de la cordura en En la boca del miedo, etc.), que a lo sumo podrá ser resistido pero jamás vencido. No habrá lugar ni tiempo ni espacio para la América soñadora e idealista. Carpenter da vuelta el cartón pintado del american way of life y capta con total rusticidad el reverso de ese ideal. No será parte del paisaje de Los Ángeles en They Live el emblemático cartel de Hollywood, sino más bien un asentamiento compuesto por toda clase de individuos. El capitalismo salvaje no discrimina y a Carpenter no le tiembla la mano para enseñarnos su desencanto hacia la cultura invasiva y colonialista a la que pertenece, base de una sociedad que se mueve entre una ilesa ignorancia, absorbida por el consumo y la publicidad, y un perseguido librepensamiento. De estas masas alienadas surgirá un anti-héroe solitario y torturado que, aún encontrando otros pares, no detendrá su camino individualista. Reduciendo los espacios expande los límites del relato y en la oscuridad echa luz sobre cuestiones que permanecen vigentes, deduciéndose de esta manera el triunfo de un sistema dominante que trasciende la pantalla. Carpenter no circunscribe el discurso a un marco exclusivamente político, sino que lo expande hacia otros aspectos, psicológicos y sexuales. La violencia que surge de Arnie (Keith Gordon) en Christine, por ejemplo, no es producto directo del maléfico automóvil, más bien Christine será el vehículo (literal y metafórico) por el que Arnie liberará las represiones generadas por una sociedad patriarcal, que establece prototipos ideales de belleza y masculinidad, y una madre castradora a la que une mediante el color con el auto, y cuyas cejas parecieran ser una extensión del logo/ceño fruncido de Christine.


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