Los hombres no lloran: La sangre en el ojo

En el prólogo de La sangre en el ojo, la voz de un hombre relata la traición delatora que lo llevó a 14 años de prisión (por delitos de robo con arma) y que desató un operativo policial en el barrio Orione (en el conurbano bonaerense) que terminó con la muerte de su hermano Alejandro. La apariencia lo muestra relajado sobre una colchoneta inflable en la pileta, pero en su interior bulle un imperioso deseo de venganza. Es que lo que para la mayoría posiblemente sea un hecho policial más, un pibe más que muere en los barrios vulnerables a los que no se quiere mirar, para Leo es la pérdida de un lazo afectivo singular que le fue arrebatado de manera violenta. Es la marca de una herida que sigue sangrando. 

La directora Toia Bonino vuelve al tema de su opera prima Orione y entrega esta secuela narrada desde el punto de vista de Leo, el hermano mayor, que sigue con vida y que al presente se encuentra en libertad. Leo recuerda sus inicios en el crimen, la dureza de la vida en la cárcel y pone en palabras el resentimiento que lo carcome por dentro.

El documental se construye en la mixtura del montaje entre el testimonio de Leo, los videos con testimonios de su ex-novia de juventud, de su hija (que da cuenta de haber vivido su ausencia durante la infancia y de la dificultad que aún tiene Leo en libertad para acercarse afectivamente a ella), videos caseros donde se ve a Alejandro en su juventud y videos tomados desde la cárcel y la alcaldía. 

Con este material se van distribuyendo dos niveles de lectura. Por un lado, la visibilización de las crueles condiciones carcelarias en que habitan los internos y el cuestionamiento al gatillo fácil. Por el otro, se hace patente que en un barrio pesado como Orione, rige la ley del más fuerte. En este contexto hostil, tener un arma o incluso incursionar en las drogas a corta edad es una manera de mostrarse fuerte como modo de sobrevivir. ¿Cómo desviar el destino de la marca identitaria de nacimiento, a falta de otras oportunidades?

Del relato de Leo, y como bien lo expresa el informe forense de la psicóloga, se desprende una lógica patriarcal de jerarquías entre los hombres, donde el más macho es el más potente. Se impone entonces sobre ellos un mandato de masculinidad que los empuja indefectiblemente a tener que demostrarla por medio de la violencia. Y este orden social se reproduce también en el interior de la cárcel. La marca de ex-presidiario, por otra parte, pesa para abrirse otro camino en una sociedad que segrega lo diferente. Se configura entonces un laberinto en clave de western (que bien puntúan las imágenes de los toros mecánicos que se montan como prueba de virilidad), que atrapa a Leo en un destino sangriento de final incierto.

Con el equilibro justo que evita caer en lo apologético, en la estigmatización o en la victimización de su personaje, la mirada de Bonino nos permite acercarnos a la realidad de Leo y su familia con todos los matices necesarios para reflexionar sobre la complejidad del problema de la desigualdad social, la delincuencia y el mandato patriarcal de masculinidad.

Un primer amor de juventud: Seize Printemps

En las primeras escenas de Seize Printemps, vemos a una joven adolescente abstraída de la conversación que mantienen sus compañeras en una cafetería. Mientras las otras chicas lucen vestidos, Suzanne va recatada a la fiesta de una compañera. Le cuesta integrarse en el baile y cuando le preguntan qué puntaje le pondría a los chicos de su clase, responde que un 5.

En este comienzo, la directora, guionista y protagonista Suzanne Lindon (hija de los conocidos actores Sandrine Kirberlain y Vicent Lindon) deja en claro que Suzanne es una joven diferente al resto: los chicos de su edad le parecen unos tontos. Cuando sale de la fiesta su mirada se detiene en un hombre que está sentado a la mesa de un café. En su trayecto de ida o regreso del colegio, se lo cruza en varias ocasiones y comienza a espiarlo, con curiosidad, sin acercarse directamente a él. Al mismo tiempo, comienza al realizarle a su padre preguntas acerca de qué modo de vestir le gusta más en las mujeres.

De lo que se trata para Suzanne es entonces del despertar a la sexualidad y al amor. La pregunta que le dirige al padre sobre sus preferencias en el vestir de las mujeres es un intento de responder al enigma de qué es ser una mujer a través de la identificación al deseo del hombre. En adelante, la vemos cambiar su apariencia comenzando a usar minifaldas y vestidos e interesarse por el maquillaje, aunque siempre conservando el color blanco que da cuenta de su impoluta sexualidad.

Cuando aquel hombre, Raphael, sale a fumar en medio de un ensayo frustrante, nota la presencia de Suzanne que lo mira desde cierta distancia. Se trata del momento del flechazo, en el cual entablan la primera conversación y en el cual la directora da cuenta con comicidad de la incomodidad de los primeros encuentros, donde se suelen hacer preguntas bastante torpes como excusas para acercarse al otro sexo. En este caso, Raphael le pregunta si tiene fuego, cuando ya tiene un cigarrillo encendido entre sus dedos.

De la presentación entre ambos sabremos que los une el aburrimiento. Raphael es un hombre de 35 años, actor, que está cansado de repetir una y otra vez las mismas líneas de la pieza en la que está actuando en una teatro cerca a la casa de Suzanne. Ella, por su parte, se aburre de su rutina en el colegio y de sus compañeros. Los encuentros entre los amantes continúan casi siempre en un café lindero al teatro o a la salida de las funciones. Pero como una flor de estación, el vínculo amoroso va ir floreciendo y aumentando en tensión sexual, para luego languidecer ante su imposibilidad.

La intertextualidad que configuran la novela de Boris Vian (quien se caracterizó por la irreverencia con que escandalizó a la sociedad francesa de su tiempo) que lee Suzanne y el afiche pegado  en su habitación de la película de Pialat, A nuestros amores (que figura con el nombre alternativo “Suzanne”), cifran el tono provocador de la película de la joven directora de tan sólo 20 años, al plantear un amor ilícito en el contexto de nuestro tiempo.

Efectivamente se trata de la relación amorosa entre un hombre mayor y una menor. Pero el vínculo no se desarrolla con el sesgo de la perversidad machista como en Lolita o en Un amor imposible (Corsini, 2018) sino por el lado del encuentro azaroso e inevitable de un primer amor que es apertura a la exploración sensual y que a la vez está marcado por la imposibilidad que implica la diferencia de edad.

La película de Lindon atiende entonces a las convenciones del coming of age hibridado con elementos del melodrama romántico. De hecho hay un interesante uso de la música extradiegética y de la danza. Estos elementos acompañan el estado anímico de los personajes a lo largo de su relación (la música es alegre y desbordante en la concreción de la primer cita y melancólica hacia el final), pero también la danza (al estilo del cuadro musical) sirve para metaforizar la química y la sensualidad que circula entre ambos personajes. Este tratamiento de lo nuevo y lo prohibido del amor desde la sutileza de la puesta en escena marca un debut promisorio para esta joven directora.

Efectivamente, la atracción entre ambos personajes es mutua, pero a la vez se desarrolla con delicadeza. En ningún momento, la actitud de Raphael resulta intrusiva o busca forzar los límites morales de Suzanne. Por el contrario, la constatación de las posibles consecuencias de este amor está en función del crecimiento de la protagonista. Seize Printemps es la agridulce historia de un primer amor de juventud que, por su propia lógica, no está destinado a perdurar.

La sangre en el ojo (Argentina, 2020). Dirección: Toia Bonino. Duración: 66 minutos. Competencia Argentina. Disponible: 25, 26 y 27 de Noviembre.

Seize Printemps (Francia, 2020). Dirección: Suzanne Lindon. Duración: 73 minutos. Competencia Internacional. Disponible: 26, 27 y 28 de Noviembre.


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